He empezado a escribir este post mentalmente un montón de veces y al final siempre lo he dejado para otro momento porque ¿cómo contarlo sin desanimar a otras familias que están pasando por algo parecido? ¿cómo describir estos tres años y medio de crianza de un niño de alta demanda sin parecer, a ojos de quiénes no imaginan lo que implica, que caes en la exageración?

La única forma de contarlo que yo concibo es la de la sinceridad absoluta. Si buscas esperanza porque lo estás pasando mal, quizá éste no sea un post como para que lo leas ahora. Aunque creo que hay luz al final del camino y que criar respetuosamente a un niño de alta demanda es un camino con una espectacular recompensa final, el camino se hace eterno, resulta muy duro y está lleno de dudas.

El Peque (imposible seguir llamándole Bebé a pesar de su pequeño tamaño y aspecto angelical) ha pisado fuerte desde el nacimiento y esa fuerza y seguridad en si mismo no ha hecho otra cosa que crecer. Muchas familias me preguntáis si la alta demanda mejora con los años: en nuestro caso de momento no ha sido así. Obviamente las demandas se transforman; para algunos serán más llevaderas y para otros no. Yo tengo muchas dudas acerca de si estamos mejor ahora o hace unos años. Creo que la época más llevadera, a pesar de haber sido la de peor dormir, fue aquella etapa en la que El Peque lo tenía todo con su tetita y su mochila. A medida que ambas cosas paulatinamente dejaron de ser el eje central de su vida todo se fue complicando y a día de hoy es realmente difícil atender todas sus necesidades en el tiempo y forma en que él las solicita.

Para atender al Peque calculo que se necesitan un mínimo de tres adultos. Dos colaborando mano a mano (unas veces complementándose y otras alternándose) y uno en la reserva para cuando a estos dos se les fundan los plomos poder darles un relevo. Como obviamente esto no es posible y no sólo no estamos tres adultos disponibles sino que tenemos otro hijo Mayor al que atender (que tampoco es que ponga mucho de su parte) el día a día sigue siendo una maratón.

Sí que es cierto que en verano tuvimos un cierto respiro. La conflictiva relación entre los hermanos, que mantienen una lucha de poder casi desde el principio, se relajó ligeramente, empezó a sentirse más independiente (de hecho incluso se quedó unos días con los abuelos), aflojó la demanda tetil y, sobre todo, cuando comenzó a dormir la mayor parte de las noches del tirón y en su cama al menos nos quedaba la recompensa de descansar 10-11 horitas cada noche.

Pero ahora mismo estamos pasando una crisis de aúpa. Como explicaba hace unos días, El Peque ha explotado como nunca lo había hecho anteriormente. Sí, siempre ha sido tozudo, exigente y vehemente, pero por lo menos era razonable. Sí, había que estar todo el tiempo explicándole y razonando, pero era posible hacerle entender. Especialmente en el último mes se ha transformado en un niño muy difícil de llevar, al que cualquier mínimo contratiempo, como el color del vaso en que le das el agua, el sitio que ocupe en el ascensor cuando entramos todos juntos, que estés lavando su toalla favorita o que su plato tenga un garbanzo de más o menos puede hacerle explotar en un brote de rabia.

A esto podríamos sumarle diversos escapes de pis y caca (que nunca había tenido), que nos llame tontos trescientas veces diarias para a continuación decir que nos quiere mucho, que de nuevo busque la teta con ansia y a todas horas (incluso colocando la boca en ella ya que parece que ya no recuerda cómo mamar) y, sobre todo, que las noches vuelvan a ser una fiesta que casi siempre termina con él durmiendo encima de mi búscandome las tetillas como un gatito.

Hace unos días en un ataque que tuvimos ambos después de que boicoteara incesantemente la colocación de los adornos de Navidad me dijo: mamá, tengo miedo. Y yo le dije: yo también tengo miedo, Peque, porque no sé qué te pasa ni cómo ayudarte.

Tres años y medio de alta demanda y aún no tengo el tranquillo cogido. El postparto terminó con el fin de la lactancia pero debo admitir que las cosas siguen sin rodar. Sin paños calientes: cada día con un niño de alta demanda es un nuevo reto del que a veces tienes ganas de dimitir. Pero no dimites, claro, y no sólo por la obviedad de que no puedes, sino porque de vez en cuando vislumbras ese adulto enérgico, decidido, seguro de si mismo, constante, elocuente y valiente y piensas: esto va a salir bien.

Foto | Mindfaugas Danys en Flickr CC