Portada

¿Me das el perrito?

Publicado el 29/03/2012 por 27 comentarios

Al nene le encanta sacar de paseo a nuestra perrita. Le gusta llevarla de la correa, indicarle por dónde tiene que ir, que se suba a la acera, que no se meta por tal sitio, que vaya despacio, que se quede quieta… y le encanta dejarla suelta cuando se puede y verla correr con sus amiguitos perrunos. La llegada del buen tiempo y de las tardes más largas nos está permitiendo disfrutar mucho más de esta actividad, así que es habitual verles por el barrio de esa guisa.

Es bonito verles así. Comprendo que a la gente le llame la atención que un pequeño mico pasee a su perra, poco más bajita que él, y además lo haga con esa felicidad y sonrisa de oreja a oreja. Me parece natural que hagan comentarios. Sin embargo, no falla que nos encontremos, tarde tras tarde, quien cree que un comentario amable es decirle al niño:

¿Me das el perrito? ¿me lo llevo a mi casa?

El primer día me quedé de piedra. Y el segundo, y el tercero… Todavía no he entendido de qué va este comentario, más allá de aquello que ya dije en su día, que muy enferma tiene que estar una sociedad para considerar estos comentarios como amables y normales y corrientes. No me gusta nada ser borde y soy increíblemente tímida en estos momentos, pero confieso que me encantaría tener más morro para contestar algo ocurrente al mismo tiempo que igual de desagradable.

Mi hijo pone cara de no entender nada, me mira a ver si averigua algo por mi expresión facial y dice que no… Probablemente responde que no porque va tan feliz llevando a la perra y en ese momento no le apetece compartir la actividad, pero el día menos pensado le veo pasándole la correa al desconocido de turno, porque desde luego no creo que capte que el amable del día lo que le propone es otra cosa.

Qué forma tan curiosa tiene la gente de ser simpática con los niños…

Me estoy quedando sin ropa

Publicado el 27/03/2012 por 34 comentarios

La llegada del buen tiempo ha dejado mi armario, ya de por si corto de ropa premamá, peladito peladito.

Siendo un embarazo de invierno, me he apañado con un uniforme consistente en dos pantalones vaqueros y cuatro jerséis, un aburrimiento, sí, pero para qué más. De los primeros meses tengo unas cuantas camisetas de algodón, unas de manga larga y otras tres cuartos, que pensaba que podrían hacerme el apaño para las pocas semanas de embarazo que me tocaran con mejores temperaturas… pero resulta que dos de ellas apenas me tapan ya la tripa y otra me queda tan estrecha de la zona abdominal que la parte de arriba me hace bolsa.

Recapitulando: jerséis que no me puedo poner porque ya dan mucho calor, camisetas demasiado estrechas y cortas… sólo dos prendas ponibles.

Rescaté la bolsa de ropa de premamá que usé con el mayor… Desastre total. A parte de que todas las camisetas son sin mangas o de manga corta (y me parece exagerado, que tampoco hace tanto calor), la mayoría me quedan un poco cortas. Vamos, que tengo un tren delantero impresionante.

No me queda otra que aplicar el método “lavo por la noche, dejo secar mientras duermo y al día siguiente me vuelvo a poner lo mismo”.

En fin, ¡que todas las preocupaciones sean como ésta!.

Categoría : Embarazo y parto
  • twitter
  • facebook
  • linkedin
  • delicious
  • digg
  • google reader

¿Por qué convertir a los niños en mayores?

Publicado el 23/03/2012 por 55 comentarios

No es infrecuente escuchar a padres fardar de las últimas habilidades adquiridas por sus hijos, en el contexto de que esto les hace independientes y mayores. Para algunos pareciera que es una competición para ver qué niño es el primero en – qué se yo – dejar de usar pañales o chupete, comer solito, dormir en su habitación y su cama, jugar solo, contar hasta 20…

Me cuesta mucho participar en estas conversaciones porque creo que mi opinión es la opuesta y escuchándoles hablar, me siento de otro planeta. Procuro evitar esas situaciones porque si tengo que aportar mi granito de arena, lo primero que me viene a la cabeza es la famosa (y poco amable) frase de Clark Gable: “frankly, my dear, I don’t give a damn“. Que traducido al cristiano y al hilo de la conversación viene a significar que no entiendo dónde está la importancia de que un niño haga tal o cual cosa, que la haga antes o después, y que no encuentro por ningún lado el valor de esa supuesta independiencia, salvo para comodidad de los padres. En definitiva, que no comparto ese entusiasmo en que crezcan y que se hagan mayores y autónomos, en que alcancen metas cada vez más pronto, y que creo que los niños tienen que ser niños, cada cual disfrutando de su etapa personal y única de desarrollo.

Es cierto, no se lo discutiré a nadie, que mi hijo no se ha caracterizado hasta el momento por tener prisa por crecer. De hecho, ahora que puede expresarse más y mejor, algún día me ha dicho que es un bebé y el mami/papi/abuela-o ven es una de las frases más escuchadas diariamente. Le gusta que le mimen, que le abracen, le masajeen, le den besitos. Te pide que le des la mano hasta mientras estamos jugando. No tiene ningún interés en dejar el pañal, ni en dormir solo, ni en jugar solo… Para algunos, un desastre, una mam/pap-itis extrema.

Pero lo cierto es que, como cualquier niño, ha ido marcando sus propios hitos. Cuando se ha sentido preparado y ha querido, sin prisas ni presiones, ha cogido los cubiertos para comer solito,  ha empezado a quitarse el abrigo o las zapatillas, a coger un escalón para subirse a la cama, a subirse solo al coche y sentarse en su silla, a empeñarse en abrir las puertas usando las llaves…

Claro que todos los padres nos llenamos de orgullo y emoción cuando vemos a nuestros hijos hacer estas cosas. Nos sentimos felices, se nos cae la baba, porque ellos se sienten satisfechos de sus logros y a veces hasta sentimos melancolía de cómo se escapan nuestros bebés. La diferencia está, a mi modo de ver, en que yo no siento un orgullo especial en que mi hijo crezca y se haga mayor sino que lo veo como algo natural, normal, como un proceso más de los muchos (enormemente apasionantes) que vamos viviendo, a su ritmo.

No tengo prisa ninguna porque crezca ni quiero que haga nada si no es su momento. Si él no lo necesita, yo tampoco. Por supuesto que para mi sería más cómodo, más aún pensando en que pronto habrá otro bebé, si mi hijo no usara pañal o si durmiera solo o si jugara sin reclamarme y en silencio pero no tengo prisa porque suceda porque se que sucederá, seguro: el día que él quiera.

Veo las publicidades de los colegios privados que aparecen en el periódico, escucho conversaciones en el parque sobre el tema colegio… y no tengo nada que aportar. Lo único que espero y deseo para mi hijo, que no tendrá ni tres años en septiembre, es que juegue todo lo que pueda y que sea feliz, que jugando aprenda a vivir en el mundo y a estar con otras personas, a ser un hombrecito de bien, que le traten con cariño y respeten su individualidad. No me interesan las notas, ni las fichas, ni si aprende determinadas cosas hoy, mañana o pasado. Quiero que viva su infancia intensamente.

A veces me pregunto si no será que como vivimos en un mundo adultocéntrico y veloz, queremos convertir a los niños en mayores cuanto antes para que dejen de ser una carga y pasen a integrarse en todas nuestras rutinas como uno más. Y me pregunto si esto no termina produciendo que la adolescencia parezca llegar cada vez antes y con comportamientos que nos parecen prematuros para su nivel de madurez. Quizá deberíamos echar el freno…