Continúo por donde lo dejé ayer, tratando de desmontar el mito de la maruja y tratando también, si es posible, de que nos demos cuenta de hasta qué punto es necesario empezar a usar otra terminología. 
Quinto mito de la maruja: todo el día en bata, en chándal, con los rulos puestos…

Pero, ¿la gente qué ropa lleva en su casa?. Vamos, yo en todas las casas donde he ido y/o donde he vivido, la gente cuando llega de la calle y/o ya no va a salir más, se quita la ropa que traía y se pone cómoda. Quien no se pone un chándal se pone unos vaqueros dados de si o un pijama lleno de pelotillas.
Si tu trabajo consiste en estar gran parte del día en casa, tirada por los suelos con el nene, por los parques, en el médico o en el supermercado, ¿qué deberías ponerte, un traje?. A mi me parece súper normal que quien esté en casa esté en ropa cómoda y quien sale a la calle sin compromiso de ver a un cliente y para actividades que suelen implicar desgaste físico vaya lo más informal posible.
En cuanto a los rulos, pues yo no me los he puesto nunca, creo que esto entre la gente joven ya no se lleva mucho, pero ¿el ponerse una mascarilla en el pelo y dejársela una hora puesta no lo hace nadie?.

Sexto mito de la maruja: cuando los hijos se van, te quedas vacía.
Esto ya lo comenté ayer en parte, cuando comenté en el primer punto que parece que se da por hecho que la mujer que se queda en casa es una mujer con pocos o ningún interés personal, sin fondo ninguno, hueca. Yo he llegado a oir algo así como que “estar en casa todo el día embrutece”. No, lo que embrutece es no cultivarse, son cosas distintas.
Cuando escucho este argumento, siempre se me viene a la cabeza el famoso lema de los campos de concentración nazis: arbeit macht frei, el trabajo hace libre (a las personas).  Ni qué decir tiene que la mera insinuación de esto me pone los pelos como escarpias, no hablando ya de marujas, sino en general. Pienso que el trabajo, por si mismo, no realiza a nadie. Lo que realiza son las actividades que uno desempeña en su día a día, que pueden ser laborales o no, pueden reportar beneficios económicos o no. Un cooperante de una ONG que trabaje en un país necesitado sin cobrar nada a cambio seguro que se siente la persona más realizada del mundo y todo ello sin cobrar. Un broker es posible que se sienta fantásticamente bien consigo mismo por desempeñar con éxito un trabajo complicado y que, además, le reporta dinero. En una palabra: las vocaciones, las actividades que nos reportan satisfacción, realizan.
Así que desde mi punto de vista, el trabajo puede realizar o no, pero dar por hecho que el trabajo  completa a las personas, sí o sí, cualquier trabajo, con cualquier condición, me parece incluso peligroso. Es una nueva esclavitud: usted debe trabajar porque todo está carísimo y si no, no puede vivir, y además debe sentir extremadamente realizado por ello. Pues no oiga, lo primero lamentablemente sí, pero lo segundo, como que no.
Anda que no hay mamás que van a trabajar a un curro precario, con un sueldo y unas condiciones lamentables, a hacer tareas que no les interesan en absoluto, dejando a sus hijos a cargo de otros, porque necesitan ese dinero para llegar a fin de mes. ¿A esas personas les contamos también el cuento de la realización mediante el trabajo?.
Volviendo al tema, ¿qué pasa con la mujer que no trabaja y sus hijos se van de casa?. Podríamos decir que se jubila, ¿no?. Y mientras una gran mayoría de los trabajadores fuera de casa están deseando que llegue ese día para dedicarse a disfrutar de su tiempo libre, la maruja parece que se queda en casa, llorando, vacía, sin nada que hacer.
Como dije ayer, casos habrá de todos los colores, que también hay quien adora tanto su trabajo que no quiere jubilarse, pero creo que las nuevas generaciones estamos llenos de proyectos, de iniciativas y ¡hay tanto por hacer!. Mi familia es una parte muy importante de mi vida, es mi principal ocupación, pero también tengo otras muchas cosas que me encantan. Si algún día tuviera más tiempo libre, me encantaría estudiar otra carrera, o más de una, me encantaría colaborar de voluntaria en varios proyectos que tengo en mente, me gustaría seguir dedicándome a la infancia y a la maternidad, adoro escribir y llevo años haciéndolo de una manera u otra, tengo tantos libros por leer que no sé si tendré tiempo en esta vida… 
Séptimo mito: el trabajo de la maruja es fácil porque se ha hecho toda la vida y porque todos, en mayor o menor medida, lo hacemos.
Mito complicado de desmontar, pero voy a intentarlo.
En primer lugar, efectivamente, hasta hace nada lo más normal era que una mujer se quedara en casa, era lo que se debía hacer, a nadie le parecía que eso fuera nada del otro mundo. Pero, que no lo pareciera no quiere decir que realmente fuera un trabajo fácil. Las amas de casa de otras generaciones, las primeras a las que se las llamó marujas, pasaron unos tiempos dificilísimos y se manejaron bastante bien con temas tan complicados como el hambre, la enfermedad, la guerra, algunas muy maltratadas por sus maridos… No me lo quiero ni imaginar.
En segundo lugar, que una cosa se haya hecho toda la vida no quiere decir que sea una cosa sin interés. Vivimos en una época donde todo es moderno, lo que se hace viejo directamente se desecha. Pero la labor de criar y educar a las generaciones venideras, la labor de mantener espiritualmente a una familia, es una labor básica para la sociedad, ¡probablemente la más importante de todas!.
Que esta labor la realizamos todos en mayor o menor medida, estoy de acuerdo, eso es irrefutable. Ahora, cuando hablo con mi marido de este tema, siempre le pongo el mismo ejemplo: tu suponte que desde que te levantas a las 7 de la mañana hasta las 7 de la tarde estuvieras realizando la misma tarea, una tarea de gran responsabilidad, y que no pudieras interrumpirla para descansar cuando tu lo necesitaras, sino aleatoriamente durante el día y eso teniendo suerte. Suponte que cuando llegan las 7 viene un compañero a ayudarte pero sólo a eso, a ayudarte, que no a relevarte, de modo que hasta las 7 del día siguiente sigues realizando la misma tarea, con menor intensidad, pero sigues realizando la misma tarea. Ahora, multiplica esto por todos los días del año, ¿cómo lo llevarías?. 
El ejemplo tiene sus fallos. Un trabajo no satisfactorio no se puede comparar ni por asomo con la crianza de un niño y llevar una familia, al menos en el plano de la realización personal. Pero tampoco se puede comparar en el plano de responsabilidad porque a mi, la verdad, los trabajos que he tenido me han importado poco (incluso cuando he realizado tareas que podían tener repercusiones significativas… claro, yo no he tenido la vida de nadie en mis manos) mientras que la crianza de un niño es de una responsabilidad máxima. Así que, con sus fallos, no me parece un mal ejemplo.
Creo, por tanto, que este mito es, más bien, una injusticia, es una falta de reconocimiento a algo que, en gran medida, cumple una función social.
Octavo mito: te vas a arrepentir. 
Este le conozco de oídas. A mi no me lo han dicho nunca, pero se que es algo que habitualmente se dice.
La verdad que a la gente le encanta jugar con el miedo y la amenaza. Desde que piensas en tener hijos se suceden los comentarios del tipo “verás cuando se enteren en tu empresa“, “no sabes la que te espera cuando nazca el niño“…
Yo preguntaría, ¿arrepentir de qué?:
– ¿De haber empleado tus años de juventud en dedicarte a tu familia?. Pues hombre, yo, puestos a que me salgan canas, prefiero que sea dedicándome a una cosa que me proporciona satisfacción que malgastando mi tiempo en un trabajo basura.
– ¿De haber abandonado durante muchos años el mercado laboral, complicando seriamente las posibilidades que tienes de volver a él?. Mira, aquí estoy de acuerdo, esto no se puede desmontar. Si una persona tiene pensado volver  en algún momento al mercado laboral por cuenta ajena yo no le recomendaría dejar pasar mucho tiempo, porque veo el reenganche muy complicado. Pero, aún así, tampoco entiendo de dónde debe venir el arrepentimiento. Creo que las cosas deben meditarse, ponderarse y decidirse por la opción cuyo riesgo podemos asumir mejor. Como digo, no hay nada del todo seguro en esta vida, por algo hay que optar. 
Todas las elecciones implican una pérdida, por pequeña que sea. No nos olvidemos de eso.
Noveno mito: planchados hasta los calzoncillos del marido.
Como comenté ayer, históricamente se educó a las mujeres para ser el ama de casa perfecta. Tanto que yo he conocido a algunas que en su tiempo libre se han dedicado a tareas tan variopintas como sacar brillo a la plata, limpiar los cristales o almidonar las cortinas. De hecho, por experiencias de mis abuelas, conozco que en muchos casos la prioridad era más la casa que los niños, que eran educados de otra manera muy distinta: menos estimulación, más horas en sus parques o cunas, mucha más rigidez, temor reverencial hacia el padre….
Las nuevas generaciones no hemos sido educadas así. Hemos sido educadas para estudiar, para trabajar, para salir y ver mundo.
Parece que siempre damos bandazos de un lado a otro: o mujer que plancha hasta los calzoncillos o mujer que no sabe freír un huevo. Seamos realistas, lo habitual es el término medio.
Las mujeres que hoy día no tenemos vocación de ama de casa. La casa se mantiene porque debe mantenerse. La que trabaja fuera porque no tiene tiempo ya que pasa muchas horas sin estar en su casa y la que está dentro tampoco lo tiene porque su prioridad es el niño, no los azulejos del baño.
Concluyendo…
Iba a dejar las conclusiones finales para un tercer post, pero como hoy es viernes y entiendo que durante el fin de semana no estamos para cosas tan espesas, prefiero hacerlo hoy por mucho que esto esté resultando largo.
¿Qué he pretendido demostrar?:
– Lo primero, que la figura de la maruja, en su concepción clásica, no existe ya entre las mujeres que ahora mismo estamos en edad fértil. Ese patrón de mujer ya no existe, la sociedad ha cambiado mucho, las mujeres estamos llenas de ilusiones, tenemos poder para cambiar nuestros destinos, salimos, entramos, trabajamos si queremos y podemos permitirnos hablar de temas como este sin que pase nada.
– Segundo, que aunque la maruja, como patrón estereotipado, siga existiendo, se merece el máximo de los respetos. Esas señoras han sido nuestras abuelas, incluso nuestras madres. Han vivido unos momentos políticos, económicos y sociales con una entereza que probablemente no tendríamos muchos. Han pasado hambre, han pasado enfermedades y muchas han pasado por traumas psicológicos importantes… ¡demasiado bien están!. Después de todo lo que han vivido, llegadas a cierta edad, tienen que aguantar que la sociedad, que ha dado un giro radical, crea que tenemos derecho a reírnos de ellas, a utilizar el término como sinónimo de mujer que no vale nada.
Una vez, hace ya muchos años, fui con una de mis abuelas a comprar y cuando llegó la hora de pagar, me di cuenta de que no sabía pagar con euros. Acabó dándome el monedero. Desde entonces, no sé la de veces que volvió a casa con un cambio que no era correcto, ¡la sisaban!.
Otra vez, mi otra abuela, me dió un sobre con dinero de su mísera pensión, y en el sobre ponía “de tu aguela”. 
¿Esto es como para reirse?. Porque a mi me da tanta pena que casi se me caen las lágrimas al escribirlo.
Vamos a dejarnos todos de tonterías. Las mujeres jóvenes no nos vemos reflejadas en estos clichés y debemos dar gracias de que la sociedad haya progresado tantísimo en tan poco tiempo. Pero, dando gracias por lo que tenemos, no nos olvidemos de dónde venimos, que es de bien nacido ser agradecido.
Con la sensación de haberme dejado cosas en el tintero, y esperando haberme explicado lo mejor posible, cierro estas dos entradas, que confieso que llevaba mucho tiempo queriendo publicar.