Al hilo de la excelente entrada que Mamá sin complejos ha publicado sobre las mamás a tiempo completo (que podeis leer aquí) quería aportar mi granito de arena para desmontar lo que yo denomino el mito de la maruja: toda esa serie de prejuicios, falsas creencias y argumentos pintorescos que sólo conducen a la defenestración de la figura de la madre que no trabaja fuera de casa.
Primer mito: la maruja como mujer iletrada, vacía por dentro, sin tema de conversación más allá de la receta de las albóndigas con tomate.
Es posible que hace un par de generaciones hubiera un gran número de mujeres sin estudios, criadas desde su más tierna infancia para no tener más aspiración que abrillantar la cubertería en sus ratos de ocio, pero sólo hace falta tener los ojos abiertos para ver cuánto ha cambiado la sociedad y la educación. Mi madre y la madres de muchos de nosotros ya fueron educadas para el cambio, se les impulsó a que estudiaran, a que trabajaran, a que no se conformaran con nada que no quisieran en sus vidas. ¡Vaya si se las empujó, se las empujó tanto que apenas unas décadas después la maternidad ha pasado del primero al último puesto!.
A mi me educaron no ya para estudiar, sino para comerme el mundo. Como muchas, tengo carrera universataria, master, idiomas y, sobre todo, un bagaje cultural que hace generaciones no existía. No conozco a ninguna chica de mi edad que haya sido educada de otra forma, por más que luego cada cual haya elegido su camino cuando tuvo edad para ello. 
Puedo garantizar que, gracias a la crisis o no, cuando voy a comprar al mercado está llenito de mujeres jóvenes que no trabajan y que no son ninguna Omaíta que no sabe casi ni leer ni escribir ni se apaña con los euros.
Anda que no veo yo profesionales de muchos sectores que te mandan textos redactados de su puño y letra escritos pésimamente, sin puntuación, con faltas de ortografía, con un vocabulario paupérrimo… O gente que lee y no se entera de lo que ha leído. Y son gente que ha estudiado, mínimo, sus estudios obligatorios. Así que para ser casi analfabeto funcional no hace falta ser maruja. 
Y no soy la única mujer que no trabaja y que puede hablar de cualquier tema. Anda que no conozco yo gente que va de súper currantes y sólo tienen dos temas de conversación: su súper curro y las súper cosas caras que se han comprado. ¿Eso no es un aburrimiento?. ¡Pues a mi son dos temas que no me interesan nada!.
Segundo mito: la maruja como mujer dependiente del sueldo del marido, siendo preferible tener un sueldo proveniente de un “trabajo”.
Con todos mis respetos, cada vez que escucho este argumento, me pregunto qué clase de relaciones sentimentales habrá tenido quien me lo dice. Mi concepto de matrimonio, de familia, es el de un equipo. En los equipos, cada cual cumple una función, igual de importante que la del resto, y de cuya continuación depende el equilibrio del todo. En un equipo, los egos personales funcionan mal. Cuando un matrimonio en lugar de ser una comunidad de vida es una suma de dos individualidades, los cimientos tiemblan. 
A mi, que a estas alturas, me digan que es más “seguro” tener un sueldo que venga de fuera, de un trabajo (sea por cuenta propia o ajena) me parece de una ingenuidad supina. Los trabajos, lamentablemente, ya no son para toda la vida. Hoy día es raro quien permanece más de 5-10 años en una empresa. Conozco muchos casos, para mi desgracia, de gente de la edad de mis padres (50-60 años) que ha estado toda su vida trabajando en la misma empresa y, a las puertas de la jubilación, pero sin llegar todavía a ella, se ha quedado de patitas a la calle. Quién les iba a decir que después de 30-40 años en su empresa, esta les iba a poner con una mano delante y otra detrás y les iba a dejar incluso con un problema de cara a la jubilación, en la etapa más difícil para volver a encontrar otro trabajo que pudieran enfrentar.
Que me quieran decir que es más seguro obtener un sueldo del exterior, que eso es más “perdurable” que el sustento que pueda proporcionar un marido, es confiar mucho en el empresario y muy poco en su propia pareja.
Cada vez más, me pregunto qué clase de relaciones construyen las parejas jóvenes, que algunas duran menos y ná. El matrimonio y la familia sigue siendo el sustrato básico de la sociedad y seguirá siéndolo siempre y cuando sus miembros lleguen a él desde la reflexión, el convencimiento y la unión sincera. En un equipo formado con estos valores, el dinero es de todos. 
Unos padres que mantienen a su hijo que está estudiando oposiciones con 30 años, ¿le piden explicaciones de todo lo que gasta? ¿le ponen pegas para comprarle cosas necesarias, incluyo caprichos?. Eso es ser una familia. Apoyarse los unos a los otros, trabajar todos juntos.
Tercer mito de la maruja: los cafetitos mañaneros con las amigas, el gimnasio, la peluquería…¡qué bien se está en casa!.
De todo tiene que haber en la viña del señor. Yo conozco a mujeres que no trabajan, de familias adineradas, que viven como señoras ricas que son, tienen mucama y, aún así, muchas se preocupan por sus hijos, los llevan a actividades, se implican en su educación y dejan para el servicio todo el trabajo sucio. ¿Eso está mal? ¿No será envidia?. Porque yo, desde luego, si me lo pudiera permitir, no iba a dudar en tener una chica para que me ayudara con la casa y para que se quedara con mi niño en tantos y tantos momentos en que me haría falta. 
Pero, no, la realidad económico-social que estamos viviendo no es esa. No es un misterio para nadie que cuando en una casa entra un sólo sueldo, el cinturón está entre apretado y casi ahogando, según el caso. Así que ni cafetitos extras ni cervecitas en el bar ni peluquería una vez al mes.
Cuarto mito de la maruja: el marido es que gana una pasta y ella está en casa como una señorona.
Insisto, de todo habrá en la viña del señor.
La inmensa mayoría de las mamás que conozco que no trabajan (y en las que yo me incluyo) pertenecemos al grupo gastos muy moderados – ingresos normalitos. Es de cajón que, con los sueldos que hay actualmente, quien tenga una hipoteca alta se puede despedir de subsistir con un sólo sueldo salvo que el marido gane un pastizal, algo ahora mismo poco común.
Cuando me argumentan esto, siempre pienso en cómo le gusta a la gente las verdades a medias. “Ojalá pudiera dejar de trabajar, no me lo puedo permitir”. ¡Meeeeeec!. Frase incompleta. La formulación correcta sería: “Me gustaría dejar de trabajar pero si quiero seguir viviendo como hasta ahora, debo seguir trabajando”. Y ahí, nada que decir, cada cual elige como vivir.
La clase media española ha estado viviendo (y pienso que aún vive) de P.M. Pisos grandecitos, en urbanizaciones con piscina, comunidad, plazas de garaje y trastero, pista de paddel incluso, los dos miembros del matrimonio yendo a trabajar en coches nuevos, pagar guardería y/o cole privado, irse de vacaciones siempre que haya un hueco, ropita, regalos… En definitiva, las apiraciones que supongo que tendría cualquiera. Genial, me parece genial. Pero eso no se puede mantener con un sólo sueldo.
Pienso que muchas veces (por desgracia no siempre) es posible conseguir lo que se quiere. Si yo deseara con todas mis fuerzas dejar de trabajar y no pudiera económicamente y además me incluyera en este sector que arriba he descrito (que es muy común, nada del otro mundo), pensaría en soltar lastre. Quizá un piso pequeño, de los construidos hace 40 años, sin plaza de garaje ni trastero ni piscina ni ná. Quizá incluso si vendiera el piso actual casi no tendría que pagar hipoteca por el chiquitín y viejo que comprara, un peso menos… Elucubraciones mías. En definitiva, replantearse las cosas. Una revolución, sin duda, pero todo es planteable, ¿no?.
————-
Corto aquí para no hacerlo eterno. Mañana, la segunda parte.