Si hay un pensamiento que me ha acompañado desde el primer momento que tuve a mi hijo en brazos es el de tener un segundo embarazo. No se me ocurre ninguna razón lógica por la que no puedo quitarme el pensamiento de la cabeza pero ahí lo tengo, sin más.
Cuando me preguntaban en la clínica si era el primero, contestaba “sí, el primero… y creo que el último” pero ya en ese momento empezaba a dudar de si lo decía en serio o no.
No me cuesta reconocer que del embarazo me ha quedado cierto trauma. Tenía unas expectativas muy altas y dentro de mis planes no entraba tener un mal embarazo, no contemplé nunca la posibilidad de que me tocara vivir el embarazo como una enfermedad. Lo pasé mal y, sobre todo, pasé mucho miedo. Creo que si no hubiera sido por la p* gripe A, hubiera pasado unos meses malos pero después lo habría olvidado. Lo malo de mi caso es que, además de estar mal físicamente, tuve un pánico atroz durante meses. Y no un temor cualquiera, no, porque yo tenía el miedo a morirme (que hay que estar en el pellejo de uno para saber lo paralizante que es este temor) y dejar a mi hijo huérfano (y nacido prematuro) y a mi marido viudo. Ahora puede parecer una exageración, pero en aquel entonces no me lo parecía a mi, ni a mi entorno, y a juzgar por las caras que me ponían los médicos de urgencias, tampoco se lo parecía a ellos.
Sin embargo, con trauma y todo, no paro de darle vueltas al tema. Porque la experiencia de la maternidad ha sido tan buena, me siento tan feliz, tan completa, tan realizada…¿Cómo no repetir?. Siendo madre le he dado sentido a mi vida y me he encontrado como persona. Todo lo malo ha merecido la pena con creces.
Yo he sido hija única y aunque en su momento no quería tener hermanos, y aún viendo la relación que muchas personas de mi entorno tienen con los suyos, creo que es mejor para mi hijo estar acompañado en el mundo. Así que aunque no lo hiciera por mi, lo haría por él.
Podría haberme planteado todas estas cosas dentro de unos años, ¿verdad?. También es que soy consciente de que si lo dejo mucho tiempo, la pereza, el miedo y el cansancio desecharán la idea. Por no hablar de que me conviene, biológicamente hablando, aprovechar que soy menor de 30. Así que supongo que lo más coherente sería esperar un tiempo prudencial, sobre todo por mi cesárea… Que mi hijo tenga, pongamos, dos años. No es que sea un niño mayor con dos años, ni mucho menos, pero si yo me pongo mala de nuevo, por lo menos sé que podré apañarme decentemente y con la ayuda de mi suegra, algo que con un bebé lo veo inviable. ¡No quiero ni pensar cómo hubiera sido mi embarazo si ya hubiera tenido otro hijo!.
Ale, ya os he contado una de las ideas obsesivas que me rondan…