En nada de tiempo, apenas una semana y media, he superado la primera fase (¿cómo estará mi hijo?) en relación con la guardería. El primer día pasé tanto estrés que ni comí ni hice otra cosa más que comerme las uñas y los demás días he ido a todos lados con una bola de plomo en la boca del estómago. 
Sin embargo, todo parece ir bien. Taaaaaaan bien que estoy ya en plena fase dos: celos de la educadora. Sí, sí, yo pensaba que esto de que algunas madres terminaban ligeramente celosas de las educadoras era una coña marinera y que a mi no me iba a pasar. Pero no, reconozco que aunque no padezco un caso grave, cada vez que me cuenta que mi hijo allí ya no llora cuando le dejan en el suelo, que casi no pega gritos, que come fenomenal todo lo que le ponen por delante, ¡que se entretiene solo! y que hasta se echa la siesta sin armar un berenjenal, me pregunto ¿se guardará para mi todo lo malo?. Porque es salir de allí y venga gritos, irritabilidad a tope (fruto de la falta de sueño, sobre todo), lloriqueos, frustración al máximo… Por no hablar de que ya hemos tenido un par de tardes en las que no sólo no me ha echado los brazos sino que ha demostrado que estaba divinamente en los de V. ¡Bebito, que soy tu madreeeeee!.
Menos mal que no pierdo la chaveta y me alivia que esté así de bien con V. Eso es señal de que le trata bien y de que allí está contento. Es un alivio para mi dejarle allí tranquila.

Creo que esta actitud quejicosa de las tardes demuestra dos cosas. La primera, que por muy bien que esté en la guarde, todavía está en fase de adaptación, algo muy normal por otra parte dado los pocos días que lleva allí. Y, en segundo lugar, que si en algún momento me he planteado que con la actividad de las mañanas era suficiente para cansarle, estaba equivocada. Mi hijo tiene un nivel de energía muy alto y en casa se aburre. Yo no puedo darle ni la mitad de estímulo y de diversión de la que le dan allí, o la que le daban en matrontación. Le aporto otras cosas, está claro, pero tengo poca vena payasa y, además, inexcusablemente tengo que atender otras cosas, no sólo a él.

Teniendo claro que conmigo siempre ha sido con quien peor se ha portado, desde que nació, aguantaremos el tirón como buenamente se pueda. Todavía recuerdo las poquísimas veces que se lo ha quedado mi suegra, siendo casi recién nacido, como decía ella que habían pasado unas horas fantásticas en las que sólo sonreía mientras que conmigo era terriblemente demandante y exigente las 24 horas del día. ¡Para eso estamos las madres!.
Muchas tardes me estoy acordando de ese dicho que mi madre, con mucha guasa, aún sigue repitiendo: ¡ten hijos para esto!.