El jueves de la semana pasada fue el último día que fuimos a matronatación. Parece que hace un siglo ya… ¡y es que llevamos unos días de lo más intensos!. 
La experiencia ha sido muy buena. Buenísima. Mi hijo se lo ha pasado pipa, nosotros tambié hemos disfrutado y hemos pasado de mucha mejor forma las tardes de agosto. Pero no todo podía ser perfecto, claro.
En el sitio al que íbamos, de primeras, había que contratar una especie de “bono” por 20 clases. Para ellos se considera una introducción al agua y para coger soltura se debía acudir a diario o al menos tres veces por semana. De hecho, el plazo que te dan para gastar el bono es de dos meses. Así que nosotros muy obedientes fuimos casi todos los días durante el mes de agosto.
Pero se fueron agotando las clases, el “bono” llegaba a su final. Y ahí empecé a ver cosas que no me gustaron demasiado:
– Primero. Cuando yo contraté el bono, me dijeron que las clases eran de 5 niños. En realidad, los días que había 5 bebés ya resultaban demasiados porque en 30 minutos el monitor realmente no tenía mucho tiempo para cada uno. Pero es que conforme fue avanzando agosto un día aparecieron 6 niños, lo mismo al día siguiente… ¡y los últimos días había 7!. Yo tenía la sensación de estar tirando el dinero completamente. Y estamos hablando de unas clases bien caras. Menuda rabia que en 30 minutos el profe hiciera caso al niño escasas dos veces porque, simplemente, había demasiada gente en el agua.
– Segundo. Me descontaron la clase de prueba. Cuando llamé para informarme me ofrecieron ir un día gratuitamente a una clase y probar si me gustaba. Así lo hicimos y, como quedamos encantados, nos apuntamos. Pues bien, en lugar de dar 20 clases más la de prueba, que sería lo lógico, hemos dado 19 clases más la de prueba. Es decir, que la de prueba me la cobraron. Tanto mi marido como yo insistimos en ello pero nada, no se apearon de la burra. Y por no acabar mal con ellos, dejamos el tema correr teniendo claro que era un gesto muy poco elegante por su parte, desde luego.
– Tercero. Acoso y derribo de una de las responsables del lugar. Como yo me corté el dedo y no podía meterme en el agua, me quedaba fuera mirando la clase, momento en que aprovechaba esta mujer para comentarme lo mucho que había progresado mi hijo, que teníamos que seguir para que no se perdiera lo aprendido… Y además intentando venderme todos sus demás servicios, ¡hasta clases de natación para mi!. Al final me daba muchísima pereza ir a las clases porque ya sabía que mientras mi marido estaba en el agua con mi hijo, yo tenía que estar aguantando a esta mujer. Definitivamente, las técnicas agresivas conmigo funcionan fatal.
– Cuarto. Tema vestuarios. Cuando entraba yo sola con el niño, no había problema. Vestir y desvestir a mi hijo es peor que luchar contra el Diablo de Tazmania de los dibujos animados, pero yo ya estoy hecha. El problema vino cuando le tocó pringar a mi marido por lo de mi corte, se apañaba muy mal. El vestuario de hombres tenía un cartel en la puerta que ponía que era mixto hasta las 19.30h, así que empecé a entrar, animada además por la gente de la recepción y en vista de que otras madres también entraban. Pero, ¡qué mala suerte!, un día salió el profe de la piscina y cuando me vió allí me echó el sermón de que eran un vestuario de hombres, que no podían cambiarse con libertad y que me saliera… ¡Me sentó falta!. Porque este es un sitio dedicado a los bebés, de hecho tienen cunas de viaje en los vestuarios, es un sitio totalmente familiar, ¿por qué no voy a poder pasar yo a ayudar a cambiar a mi hijo?. Y, ¿qué pasa con  el cartel de la puerta?… Otra cosa que dejé correr. Mi marido se quedó sin ayuda, viendo como las demás madres sí seguían pasando dentro, mala suerte que tuvimos nosotros de que aquel día nos pilló solos.
– Quinto. La matronatación es cara. Parece mentira que en Madrid, capital de España, haya tan poquitos sitios donde ir. Y en todos está más o menos igual de precio. Pero es que es una auténtica  pasta. Cuando se acabó el bono y tocaba renovar, nos pusimos a pensar en lo que costaba al mes y nos parecía un abuso. Pagar la hora a 45 euros me parecía una barbaridad.
Nos costó bastante tomar la decisión de no continuar. Mi hijo se lo pasaba fenomenal y nosotros también. Pero al fin y al cabo es una actividad más, no es que el niño sea verdaderamente consciente de lo que está haciendo, no estamos hablando de un niño mayorcito que sepa que está yendo a clases de natación y quiera continuar porque le encanta y se le da genial. Estamos hablando de una actividad de ocio con un precio exageradamente alto. 
Por otro lado, en el polideportivo municipal que tenemos enfrente de casa dan clases de matronatación a partir de los 18 meses. Es decir, que en abril podría llevar al niño. Me imagino que habrá más gente, el agua estará más fría… No creo que me guste tanto como donde estábamos yendo, pero a cambio no tengo ni que coger el coche y el precio es baratísimo. 
Por último, en septiembre mi marido ha vuelto a su horario de invierno. Así que a la piscina tenía que llevarlo yo sola, con el trajín que eso supone (quien tenga un Diablo de Tazmania por bebé sabrá de lo que hablo). Y hay que considerar que en invierno las cosas se ven con más pereza, sobre todo si hay que mojarse y luego ponerse veinte capas encima.
Así que, sintiéndolo mucho, se acabó. Y, cosas de la vida, ha sido una decisión bien tomada porque ahora que no tengo perspectivas de un trabajo estable, semejante gasto hubiera habido que suprimirlo por la fuerza. En marzo apuntaré al niño al polideportivo público y cuando nos dejen entrar en abril veremos si me gusta. ¡Que para volver a este sitio privado siempre hay tiempo!.