Estoy embarazada.

De mi tercer hijo.

Os lo conté en este post a principio de semana, pero por si acaso lo repito, no sea que alguien se esté enterando ahora mismo y no entienda nada.

Son muchísimas las cosas que se me han pasado por la cabeza en estas semanas. Y a eso quería dedicar el post de hoy, ha desgranar lo mejor que pueda todo aquello que se me vino a la cabeza cuando supe que una nueva vida se abría paso en mi y cómo he ido encajándolo en las semanas siguientes.

 

Descubrir que estoy embarazada por tercera vez

Esta mañana me han preguntado a bocajarro que si ha sido un accidente. Así, tal cual.

Sabéis que no tengo problema en hablar de estas cosas, creo que hay que acabar con los tabús que rodean a la fertilidad e infertilidad humana. Pero no deja de sorprenderme que me pregunten algo tan directo y con tanta carga emocional como calificar un embarazo de “accidente”.

En fin, sea como sea, creo que muchos de los que me leéis desde hace tiempo sabéis de sobra que no ha sido ni buscado ni evitado.

En nuestra inocente ilusión pensamos, hace años, que sería bonito tener otro hijo, esta vez de forma absolutamente natural. Como los suele tener la gente, vaya.

Porque tuvimos la suerte de que nuestros dos hijos vinieron sin ayuda de la ciencia, sí, pero para nosotros fue un trabajo a tiempo completo, una carrera de fondo llena de estrés e incertidumbre. Aquellas búsquedas no fueron bonitas.

Así que nos parecía romántico confiar en el destino. En la naturaleza. Cada cual que le ponga el nombre que quiera.

Aquello dejó de ser bonito cuando pasaban los meses, y los años, y no pasaba nada de nada. NADA de NADA.

Pasamos por varias fases. En cierto modo fue como un duelo. Al principio no te lo crees, piensas que es casualidad, luego te enfadas contigo mismo y con el mundo, luego te victimizas y piensas que estás defectuosa, luego te pones triste… y finalmente terminas por aparcarlo.

Bueno, pues no podemos tener más hijos, qué le vamos a hacer. Total, los niños ya son bastante mayores. Y nosotros también.

Te lo repites muchas veces y al final dejas de pensarlo.

Un primer trimestre de incredulidad 

Así que de nuestra mente se había borrado completamente la posibilidad de tener otro hijo. No es que no pudiera pasar, obviamente alguna posibilidad había. Es que simplemente no pensábamos en ello nunca. No formaba parte de nuestra vida porque teníamos claro que no iba a suceder.

De hecho, cuando no me vino la regla y la estuve esperando durante las dos semanas que tardé en hacerme el test de embarazo, lo único que pensé es en el rollo que suponía tener que pedir cita con la ginecóloga para ver por qué estaba teniendo un ciclo tan largo y qué hacíamos para resetearlo.

Empezó una nueva semana y el lunes pensé: tengo que pedir cita con la ginecóloga porque esto no me viene. A ver si voy a tener un trastorno importante y estoy aquí dejando pasar el tiempo cuando necesito un tratamiento. Pero, como os digo, tenía una pereza increíble.

Ahí fue cuando por primera vez se me cruzó la idea de hacerme un test de embarazo. Pero no porque fuera a dar positivo, sino todo lo contrario. Mi pensamiento fue: voy a la farmacia, me compro un test de embarazo, tiro el dinero a la basura y de la rabia me baja la regla. Como va a dar negativo, seguro que al momento me baja la regla y me ahorro ir al ginecólogo.

Así que tal cual fui a la farmacia y tal cual subí a mi casa. Jamás me había hecho un test de embarazo tan tranquila.

Y, claro, jamás había obtenido un resultado tan claro. Fue meter el palito en la orina y en menos de 2 segundos salieron las dos rayas bien marcadas. Si queda alguien por ahí que conociera mis andanzas como adicta a los test de embarazo seguro que comprenderá mi asombro.

Jamás pensé que un test de embarazo pudiera dar positivo tan rápido y tan nítido.

Test de embarazo positivo

Estaba de seis semanas.

 

Estupor

Ni con el test en la mano me lo creía.

Me leí incluso las instrucciones. A ver si es que han cambiado los test de embarazo y ahora es que dos rayas significa negativo.

Cuando ya vi que no, empecé a pensar que lo mío era algún trastorno hormonal que por lo que fuera hacía que los test dieran positivo. Pero que de bebé nada de nada.

Cuando entré en la consulta de la ginecóloga y le enseñé el test, le dije: mira, esto ha dado positivo pero yo de verdad no lo creo. Seguro que me pasa otra cosa. 

Entonces me pasó a la zona de ecografías y no hubo mucho más que decir.

Un embrión de algo más de seis semanas, con su corazón latiendo a toda pastilla. Apenas dos puntos en la imagen, pero suficientes para despejar dudas.

Embrión de seis semanas

 

Volver a empezar

Yo pensaba que esto de la experiencia me iba a venir fenomenal pero, en lo que al embarazo se refiere, de momento no le estoy viendo muchas ventajas.

Por un lado, hay que tener en cuenta que hace ya bastante de mis dos embarazos anteriores. Casi nueve años del primero (que transcurrió en 2009) y seis años del segundo (2011-2012).

Obviamente me acuerdo de lo importante pero muchas cosas se han disipado de mi mente.

Por otro lado, las cosas en el mundo de la medicina han evolucionado. El mundo avanza rápido y cada vez inventan cosas nuevas. No me refiero solo al mundo de la puericultura sino también en relación a cómo llevar un embarazo en consulta. Algunos procedimientos han cambiado y yo, la verdad, tampoco los recuerdo bien.

También influye la edad. Ya no soy aquella chica a la que miraban con pena muchas veces en el médico porque parecía que me habían hecho un bombo adolescente. Ahora tengo 35 años y no hay consulta en la que no salga a relucir mi edad. He pasado a ser una embarazada añosa más.

Tengo la sensación de que esto es un volver a empezar en toda regla.

Vale, no soy primeriza, pero tengo todos los miedos de anteriores embarazos acumulados, más los propios de éste. Dicho de otro modo, llevo una mochila de miedos encima que supera con creces a los de los anteriores. Y eso que en los anteriores iba servida.

Empezando por el miedo a que el milagro se rompiera de la misma forma en que vino y siguiendo por cualquier cosa que se os pueda pasar por la cabeza. Si puede pensarse, no tengáis duda de que por mi mente ha pasado.

 

Primer trimestre del tercer embarazo: incredulidad y revoltijo

Si tuviera que definir este primer trimestre que he dejado atrás en el mínimo de palabras posibles diría: incredulidad y revoltijo.

Incredulidad porque cada vez que me acercan el ecógrafo no es que piense que algo va a ir mal, no, es que pienso que lo he soñado y en cuanto me pongan el aparato encima se verá que no hay nada.

Revoltijo porque he estado revuelta físicamente pero también emocionalmente.

 

Superado el primer trimestre, parece que me lo voy creyendo más. Pero sigo avanzando despacio. Quizá cuando note al bebé se haga todo más real.

Ahora, lo primero que hago por la mañana es comprobar que la tripa sigue en su sitio. Que cada vez tengo más.

Voy notando todos los cambios esperables y fluyendo con los días a la espera de sentir esos primeros movimientos, que creo que me hacen falta. Siempre nos hacen falta, en todos los embarazos. Pero por alguna razón en este los necesito más que en otros.

También es cierto que he empezado a encontrarme bien hace nada. Y cuando una se encuentra mal físicamente, es complicado pensar con claridad.

Quizá durante el segundo trimestre, que siempre es mejor que el primero, pueda conectar más y mejor con un bebé que es un auténtico regalo del cielo y creerme que sí, que está pasando de verdad, que vamos a ser padres de nuevo y que ha sido tal y como en su día pensamos.

 

Foto portada | PRO Meagan en Flickr CC