Esta Navidad iba a ser ser especial, de todas todas, por ser la primera que íbamos a pasar siendo cuatro. El año pasado Bebé ya participó desde mi tripa, de hecho la imagen que recuerdo con más cariño de la Navidad 2011-2012 fue el momento de tomar las uvas en la cama, con nuestro (en aquel momento único) hijo durmiendo entre nosotros (pues por aquel entonces todavía colechábamos con él) y mi creciente bombo asomando por una bata que ya no podía cerrar.

Sin embargo, otro motivo de gran alegría en el que yo no había reparado es que este año Mayor iba a descubrir la magia de la Navidad. No es que el año pasado le fuera ajeno, fue divertido para él abrir paquetes, tener nuevos juguetes y encontrar regalos en las casas de los abuelos, pero no entendió de donde venía todo aquello.

Este año todo ha sido distinto. Desde un mes antes, con ocasión de varias manualidades que nos le encargaron en el cole, ya estábamos hablando de la Navidad, de Papá Noel, de los Reyes Magos, del nacimiento del niño Jesús…

Tanto en casa como en el cole han tenido muchísimo éxito los villancicos, que hemos cantado hasta la extenuación. Hemos visto algunos dibujos sobre la temática (por ejemplo hay un capítulo de Dora en el que Swipper en principio no va a recibir regalos por haberse portado mal que le ha impactado mucho), hemos leído cuentos (tenemos que explica la historia de los Reyes Magos, en relieve, de la editorial Combel, que está genial), hemos ido a ver a Papá Noel a un centro comercial… Y si yo en algún momento pensé que todos estos conocimientos podría haberlos adquirido de forma mecánica, pronto nos demostró que no era así, contándonos el mismo que el Niño Jesús es un bebé igual que Bebé y su papá se llama José o que  Papá Noel iba a llegar en trineo desde el Polo Norte para entregar regalos a los niños y que se pusieran contentos.

Esta Navidad ha sido la de la magia, la de los ojitos brillantes y la boca abierta viendo a Papá Noel hacerse fotos con los niños (sin arrimarnos mucho, eso sí, que todavía le impone un poco), la de destapar su primera bicicleta y dar saltos de alegría, protagonizando un genial vídeo doméstico que quedará para el recuerdo, la de dormir inquieto por los nervios y despertarse con la frase ¿Han venido ya los Reyes?, la de contarle a todo el que se encuentra por la calle que Santa Claus le trajo una bici y los Reyes un robot, y la de frases para el recuerdo como mamá hay que ponerse contenta porque ¡estamos en Navidad! o, señalando el folleto del robot que ha estrenado hoy, mamá, a los Reyes del año que viene les digo que quiero este Car Wheel (Rayo McQueen, según él).

Ha sido un tiempo que hemos aprovechado intensamente, con algunas primeras veces que quedarán en mi recuerdo para siempre. Sobre todas ellas, la primera vez que montó en autobús y en metro para ir hasta el centro y ver el Mercado de Navidad. ¡Qué entusiasmo en el autobús!, dándole palique a todo el mundo, qué ojos como platos en el metro… ¡La felicidad de los niños es tan contagiosa!.

También ha sido genial tenerle de nuevo en casa, como antes de ir al cole. Porque aunque sólo haya pasado un trimestre, la adaptación ha sido tan sencilla, está tan feliz yendo todos los días, que parece que haya ido durante al año completo. Tanto es así que no ha habido día de las vacaciones en que no haya preguntado si podía ir al colegio, incluso algunas veces cabreándose porque estuviera cerrado durante las fiestas. No se me olvida que hasta hace nada él y yo compartíamos todos los momentos del día, sin separarnos nunca, sin horarios, a nuestro aire, libres de ir y venir, sin madrugones, sin uniformes que lavar o planchar deprisa y corriendo, ni encargos varios. Ha sido fantástico recordar esa etapa, para mi muy reciente todavía.

Esta Navidad ha sido el colofón a una etapa fantástica que acabamos de iniciar, en la que nuestro hijo mayor ha mostrado su nueva madurez de niño que ha dejado atrás la etapa de bebote y empieza a pensar por si mismo, a llegar a conclusiones, a tener sus ilusiones, sus proyectos, sus gustos, sus miedos, sus pequeños amigos, sus preocupaciones…

Así que si en un principio pensábamos que esta Navidad íbamos a babear especialmente por Bebé con sus preciosos 8 meses, nos equivocábamos: sin duda ha sido la Navidad de nuestro primogénito.