Una de las cosas que tengo grabadas en mi mente de los últimos meses de embarazo es lo pesada que se ponía la gente diciéndome cosas como que los primeros meses con el bebé eran durísimos, que se acababa lo bueno, que me iba a enterar de lo que era no dormir… en fin, ese tipo de cosas que tanto animan y tan poco a cuento vienen. Creo que lo recuerdo especialmente porque yo en aquella época vivía acojonada por el miedo a la gripe A y mi complicada situación respiratoria y salía entre poco y nada a la calle y cuando me encontraba con alguien (normalmente paseador de perro igual que yo) y me soltaba este rollo siempre pensaba: francamente, peor que esto que estoy pasando ahora, imposible. Tengo hasta recuerdos fotográficos de gente que me lo dijo, lugar exacto, ropa que llevaba yo puesta, qué hacía mi perra mientras… Bien grabado lo tengo.
Vaya por delante, imposible no decirlo, que la denominación peores me parece horrorosa. Me limito a transcribir la palabra tal cual me la decían a mi, por más que la etiqueta me parezca inapropiada. El uso de las palabras, qué delicado es…
En fin, que felizmente llegó el día. Tuve al nene, volvimos a casa y yo estaba feliz cual perdiz. De hecho, estaba más feliz que nunca, lo mío fue alegría posparto. Y, sí, doy fe de que los comienzos fueron algo duros por:
– La recuperación de la cesárea.
– La recuperación de mi problema respiratorio, que me llevó meses.
– La falta de sueño.
– Y, muy especialmente, por lo malísimamente mal que se se alimentaba el bebito.
Pero, igual que digo esto, debo decir que para mi esos meses no fueron los más difíciles ni por asomo. Ni qué decir tiene que cada cual vive una experiencia bien distinta, diferente en cada embarazo incluso, pero tengo que ser sincera: para mi los primeros meses no fueron duros, al menos, no tanto como los que vinieron después.
No dormir es una tortura, estoy de acuerdo, pero al final el cuerpo se acostumbra, las madres terminamos sacando fuerzas de donde no parece haberlas. Y los recién nacidos es cierto que requieren atención constante pero, ¿menos que la de un bebé más crecidido?. Desde luego, no en mi caso.
Creo que muchos sabrán que para mi el verano pasado fue la peor etapa de todas. La fase de los 8-9 meses hasta los 12 meses fue durísima: el bebito muy irritable, con un ñiiiiiiii constante, hiper demandante y exigente, frustración a tope, mucho calor, incomprensión por ambas partes… 
Y la fase en la que estamos ahora, aunque en muchas facetas me resulta maravillosa, es, sin duda ninguna, la más agotadora de todas, infinitamente más agotadora que esos primeros meses tras al parto. Comparto horarios con él, cuando está despierto apenas puedo dedicarme a ninguna otra cosa, nunca como tranquila porque comemos a la par, se acuesta bastante tarde… Podría hacer una lista interminable. 
A un recién nacido se le puede tener en brazos porque pesa poco y no se menea. Mi hijo no pesa ni 11 kilos y me desloma y además se mueve como un pulpo. Imposible realizar otra actividad con él en brazos.
Un bebé pequeñín es feliz en tus brazos, mirándote a la cara mientras le haces tontunas, actividad que es combinable con otras, mientras que mi nene sólo se conformaría si te estruja la nariz o te mete el dedo en un ojo, actividad que no es combinable con absolutamente nada.
Al bebé pequeñín le das un muñequito y con suerte puedes tenerle 10 minutos entretenido intentando cogerlo o llevárselo en la boca. A mi hijo le das un muñequito y lo tira ipso facto porque lo que quiere es que hagas exáctamente lo que en ese momento le apetece y si no se lo concedes lo mínimo que hace es pegarte un grito.
Al bebé chiquitín le dejas en la hamaquita y es posible, incluso, que se quede tranquilito un rato corto. A mi nene no hay quien le siente por la fuerza y menos que se esté quieto, salvo que le pongas la tele (y a veces ni por esas). En cuanto te des la vuelta, se habrá metido dentro del plato de la ducha, habrá usado el bidet para inundarte el pasillo, habrá metido ambos pies dentro del cuenco del agua de los bichos y después se habrá caido, se habrá subido al mueble de la tele con intención de tirarla al suelo o le encontrarás subido al sofa brincando de lado a lado (verídico todo, lo prometo).
En fin, que ni punto de comparación. Y creo que es bastante evidente, porque cuando empecé este blog mi hijo no tenía ni tres meses y yo posteaba con soltura, contestaba comentarios y estaba al día de lo que se cocía en la blogosfera y ahora voy con la lengua fuera, apenas encuentro tiempo para escribir, siempre parezco estarle robando minutos al reloj, paso de puntillas por los demás blogs porque no doy a basto y me subo por las paredes por tener tantas cosas en el cerebro y tan poquito tiempo para plasmarlas por escrito.
Así que no, definitivamente, no me parece que los primeros meses sean los peores, ni de coña.