Empecé a leer sobre la maternidad, la crianza y la educación de los niños allá por 2008. En aquel entonces, si me hubieran dicho que iba a terminar reivindicando a capa y espada la crianza con apego, lo hubiera negado una y mil veces. No porque no compartiera sus principios, sino porque la expresión me parece poco afortunada, como muchas otras de las que se utilizan en algunos ámbitos por los que me muevo. Y es que si algo he aprendido en estos meses de blog es que hay que tener cuidado con las palabras que se utilizan, porque, más allá de su significado en la RAE, tienen una carga simbólica importante, y es fácil utilizarlas como arma arrojadiza. Utilizar la expresión crianza con apego, con empatía, con respeto, parece querer decir que otras formas de crianza no son naturales ni adecuadas y esto son ya palabras mayores… ¿o no lo son?.
Me explico. 
Agosto ha sido el mes de la confirmación del poco respeto que se tiene por la infancia actualmente. Confirmación porque tenía mis sospechas desde mucho antes de tener a mi hijo conmigo y confirmación, también, porque conforme mi hijo ha ido creciendo e interactuando más con el mundo hemos ido teniendo más ocasiones de comprobar las prácticas que la gente considera normales y cuáles se consideran raritas.
Ejemplos puedo poner muchos. Uno de los que más me cabrean y que con más frecuencia estamos sufriendo es el de la educación con amenazas. Desde que mi hijo empezó a sacar su carácter, no dejo de oír, incluso en boca de sus propios abuelos cosas como:
– ¡Malo!.
– ¡Que viene el chatarrero!.
– Palo, palo te voy a dar.
– Mano dura es lo que necesitas.
– Duérmete niño, que viene el coco y te llevará.
– No te portes mal que viene el hombre del saco.
Un largo etcétera de formas distintas de amedrentar al niño y tratar de educarlo por la vía del miedo y de la negatividad. A mi si me dijeran que me tengo que dormir porque si no viene el hombre del saco y me llevará, vayaustedasaberdóndeperoseguroqueaningúnsitiobueno, creo que del miedo no iba a pegar ojo en toda la noche. A parte de la falta de respeto que estas palabras expresan, me pregunto si los que las dicen creen que pueden servir de algo. ¿Realmente se plantean si es conveniente o no educar en negativo? ¿Se preguntan, si quiera, si resulta eficaz?.
Desde mi punto de vista, en la crianza de un niño habría que tener varias cosas claras:
– En primer lugar, respetar la naturaleza y el desarrollo del niño. Es inútil empeñarse en enseñarle a un bebé normas de conducta abstractas porque, simplemente, no tiene un desarrollo neurológico que le permita entenderlas. Es posible que consigamos que en el momento concreto en que le decimos NO entienda que eso no debe hacerlo, pero volverá a repetirlo una y mil veces simplemente porque, hablando en plata, su cerebro no da para más. No se trata de que nos esté retando ni de que sea un tirano, sencillamente, ¡es un bebé!.
– En segundo lugar, parece bastante lógico, incluso para quien no ha leído mucho sobre el tema, que lo más óptimo (tanto desde un punto de vista de respeto como desde un punto de vista de eficacia a la hora de enseñar) es educar en positivo. Los niños deberían sentir gusto, alegría y satisfacción de hacer las cosas bien por el mero hecho de hacerlas bien. Deberían sentirse satisfechos de controlar sus impulsos, de hacerse mayores, de ser capaces de hacer cosas por si mismos. Esa motivación debería ser el eje central de su conducta como la vía más propicia para que en un futuro adulto sigan comportandose de acuerdo con las normas sociales por el mero placer de ser un buen ciudadano y una buena persona. Creo que un niño educado desde el castigo y la negatividad tenderá a comportarse adecuadamente sólo cuando se sienta observado y controlado y, del mismo modo, se corre el riesgo de que sea un adulto que sólo respeta las normas si existe un sistema punitivo muy estricto y controlador, de forma que buscará la forma de hacer las cosas a su modo siempre que tenga ocasión.
– En tercer lugar, habría que plantearse para qué hemos traído a los niños a este mundo. Ante tanta falta de empatía, me pregunto qué esperan los adultos de sus bebés (de sus hijos y nietos). Existe un nivel de exigencia con respecto a lo que un bebé/niño debe hacer que realmente me deja perpleja. Si el niño no deja comer a los adultos, si duerme mal por la noche, si reclama mucha atención, es un niño malo. No he sido nunca (y ya es raro) de las que se molestan con la pregunta ¿es bueno tu niño? pero, en cambio, sí que reacciono mal ante estas expectativas completamente injustas que tan profundamente están arraigadas en la sociedad.
A estas alturas, cada vez me cortó menos al hablar de crianza con respeto, que es la expresión que más utilizo. A mi madre ya la he llamado la atención alguna vez, a los políticos no me he atrevido todavía, pero todo se andará. Porque me parece inadmisible regañar de esta forma a un bebé de 10 meses que, por ejemplo, pide que le saquen del carro para explorar el mundo a sus anchas.
Los bebés son bebés, ni más ni menos. No son personas de segunda, que es lo que parece muchas veces.  Como no se enteran, como son unos listillos, podemos dejarlos en la cuna llorando, podemos darles un azote porque no quieren andar sino gatear, podemos insultarles llamándoles tiranos y malos porque no quieren dormir a la hora que los adultos quieren comer… Yo me niego a esto. Rotundamente. Aunque no puedan expresarse, tienen sentimientos. Aunque su percepción del mundo esté limitada por su desarrollo, merecen que les tratemos con respeto y con cariño. No sé si es que me estoy volviendo cada vez más rara (a juzgar por las caras que me pone la gente, diría que sí) pero cada vez me importa menos. Simplemente, no puedo entenderlo de otra forma.