Anoche recordaba la de dudas que tenía yo antes de tener al bebito acerca de los sacos de dormir. Por más que todos los padres que conozco me hablaban maravillas de este invento, yo no las tenía todas conmigo. Y debe ser algo de lo más común entre los que aún no habíamos descubierto sus virtudes porque meses después soy yo la que se los recomiendo a cualquiera que me quiera escuchar.
Uno de los miedos que yo tenía es que al dejar los brazos al descubierto, se quedara frío rápidamente, sobre todo las manos. Esa explicación que dan los fabricantes acerca del microclima que se crea dentro del saco y que “ventila” a través de los huecos de los brazos me parecía muy inverosimil; ahora doy fe de que no lo es. Nunca le he tocado las manos frías, ni tampoco los brazos.
Una vez que el bebé empieza a moverse en la cuna, o le pones un saco o ¿cómo le arropas?. Yo me pregunto qué usaban nuestras madres para conseguir tenernos tapados más de cinco minutos, me parece absolutamente imposible. Por más que remetas las sábanas y las mantas, acaban sacando las piernas por encima en un periquete, por pequeños que sean. Si ya son bebés más mayorcitos, ni hablamos.
Para mi ha sido el gran descubrimiento del mundo de la puericultura. Tanto que si a mi hijo le sigue gustando el saco pienso usarlo hasta bien mayorcito, que he visto que existen sacos ¡hasta para niños de seis años!
Sobre dónde comprarlos, en tiendas físicas los más difíciles de encontrar son los de entretiempo y los de verano, pero los de invierno los he visto hasta en Primark (¡más barato, imposible!).
Online (que es la opción que yo veo más cómoda) os recomiendo, como siempre, en Amazon.es. Tienen muchos modelos por ejemplo de sacos de dormir de Grobag, que es una marca de la que hemos tenido varios y me gusta mucho.
Desde luego, si alguien está pensando en un regalo útil para un bebé yo no dudaría en comprarle un saco, me parece un acierto seguro.