La infertilidad secundaria… ese tabú que, de tan escondido, diría que la mayoría no cree ni que exista.
Por desgracia, he conocido unos casos (pocos, eso sí) de parejas que tras haber tenido un primer hijo sin ningún tipo de complicación, incluso consiguiendo un embarazo de forma rápida, las han pasado canutas para ampliar la familia. ¡Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas! decía la canción. Si al menos fueran sorpresas agradables…
Tampone he conocido personas del entorno de estas parejas que opinaban que la infertilidad una vez que ya tienes un hijo no debe ser causa de gran preocupación porque, de algún modo, ya has cumplido tu cupo, ya has experimentado la maternidad / paternidad y, por tanto, mereces quejarte menos que quien aún no ha podido tener descendencia.
Está claro que cada cual afronta la situación de una manera muy distinta. Siempre me ha parecido que las dificultades para tener hijos hacen aflorar miedos muy íntimos y muy dolorosos. Uno de los principales, la sensación de “enfermedad”, de cuerpo defectuoso, de incapacidad física para alcanzar lo que otros consiguen con naturalidad, algo así como tener una “tara” y, también, por qué no, sentimientos de rabia, de ira, de odio, de no poder soportar el éxito de los demás. Yerma, una palabra que en mi cerebro se ha repetido hasta la saciedad.
¿Sabéis qué? Haber tenido un hijo previamente no te alivia si no puedes tener más hijos. Si tu te sientes enferma o incapaz, haber sido capaz con anterioridad, aunque sea algo que te repitan hasta la saciedad, no va a calmar tu preocupación. Si a ti te ha llamado de nuevo la madre naturaleza y deseas tener otro hijo, ese hueco no se rellena con nada que no sea un nuevo bebé, por mucho que ya tengas un hijo. Los huecos que dejan las personas (aunque estén por nacer) no se pueden completar con otras, no es lo mismo y ni siquiera me parece sano.
Intento ponerme en el pellejo de la infertilidad. El dolor de antes de tener un hijo lo conozco, no mucho, gracias a Dios tras muuuucho esfuerzo dimos en la diana, pero lo conozco. Conozco lo que es que una ginecóloga sin hacerte prueba alguna te diga que te vayas a una clínica de fertilidad porque tu lo tienes difícil para tener hijos y que cuanto antes lo asumas, mejor (literal). O que un urólogo le diga a tu marido que probablemente sea estéril antes siquiera de haberle hecho un seminograma. En esos momentos yo sólo visualizaba la palabra yerma en mi mente, todo lo demás en el mundo me importaba un pimiento. Sí, lo mío con la palabra yerma ha sido (y es) para mirármelo.
La del después de no la conozco y espero no conocerla nunca. Porque cuando fuimos en busca del segundo hijo, conscientes de todas las dificultades a las que nos enfrentábamos, nos pusimos a tope con todo aquello que sabíamos que podía funcionar y acertamos en menos de la mitad de tiempo que para el primero. Pero estoy segura de que de no haber sido así me sentiría igual de yerma, igual de enferma, igual de enfadada con la naturaleza, con Dios, con el mundo… Miraría a mi hijo y me sentiría feliz de haber experimentado la maternidad a través de él, pero me miraría a mi misma y me sentiría extraña.
Tengo la sensación de que la infertilidad es una de esas caras  B de la maternidad de las que no se suele hablar mucho quizá porque es complicado ponerse en la situación de quien la padece. Más aún si uno topa con un ambiente, una sociedad, donde la maternidad no se valora como algo excepcionalmente importante que podemos tener las personas sino que se pone al mismo nivel que otras cosas materiales. ¿Qué más da no poder tener hijos? ¿Qué más da que no puedas tener otro si ya tienes uno?
Ya se que el temita no es fácil pero me gustaría conocer vuestra opinión.