A algunas personas ya se lo he contado así que no les pillará de nuevas: el niño no va a volver a la guardería.
Todavía recuerdo cuando los últimos días de agosto yo rezaba porque pasara algo que cambiara el rumbo de los acontecimientos y cuando llegara el día 1 de septiembre no hubiera que llevarle. Pero el día llegó, se adaptó  enseguida y tengo que reconocer que me relajé mucho porque vi a mi hijo bien tratado, cuidado, mimado incluso. Aunque al principio no sentí conexión con V., supo ganarme pronto y eso disipó gran parte de mi miedos. Obviamente, lo que yo pensaba sobre las guarderías seguía estando ahí, pero por lo menos estaba satisfecha que haber despejado algunas de las incognitas que más me preocupaban como que trataran al niño conforme a su desarrollo, respetaran sus necesidades, le prestaran más atención por ser bastante más pequeño que sus compañeros…
Cuando el día 7 de septiembre fui a mi empresa y me encontré con que no querían que me reincorporara, lo primero que pensé fue: cabrones, ya me lo podíais haber dicho antes y no hubiera metido a mi hijo en la guardería.
Desde entonces, mi cabeza ha sido un hervidero de ideas. Los meses de julio y agosto, sin ayuda ninguna y con un niño inquietísimo habían sido muy duros y los pocos días que mi hijo había ido a la guardería habían sido un respiro para mi. Me había dado tiempo a ordenar algún armario, limpiar un poco más a fondo, hacer comida más elaborada e incluso ir un día a cortarme el pelo y de compras. Por no hablar de la idea, más que real, de buscar alguna actividad remunerada que pudiera hacer desde casa, algo francamente complicado de llevar a cabo con un niño como el mío al lado. Así que decidimos que el niño seguiría en la guardería, que cumplía, en definitiva, el papel de la tribu que no tengo.
Rumiando, rumiando, fueron pasando los días. No sé qué hubiera pasado si me hubiera reincorporado a trabajar. Siempre tuve claro que si no estaba contenta con la guardería, o si no estaba contenta con la situación en el trabajo, o si el niño se ponía excesivamente malo, pediría la cuenta del trabajo y sacaría al niño de la guardería. Pero como no me llegué a reincorporar, nunca lo sabremos. Lo que sí es objetivo es que el niño se puso malo por primera vez el día 17 de septiembre y desde entonces no ha levantado cabeza. Si me hubiera reincorporado a trabajar el día 4 de octubre, sólo hubiera ido a trabajar ese día, puesto que esa misma noche empezó con lo que tiene ahora. No sólo no hay empresa que aguante esto a una trabajadora, es que yo no lo hubiera aguantado.
Más allá de hipótesis, lo cierto es que mi hijo, desde el día 17 de septiembre hasta hoy no ha ido a la guardería ni 5 días en cómputo global. Dos otitis-amigdalitis, un catarro y este virus chungo en algo menos de un mes. Y no voy a entrar en detalles de lo que opino del virus chungo este que tiene ahora porque estoy muy cabreada, no sé con quién, pero estoy indignada. 
La decisión la hemos tomado con la cabeza fría y hace ya casi una semana. Antes de ver al niño con 39.5º C y antes del exantema, es decir, cuando la cosa parecía, simplemente, un catarro más. No es una reacción explosiva por el cabreo/acojone que tengo ahora, es algo bastante meditado. Aunque, ciertamente, viendo como está ahora, la decisión hubiera sido la misma, incluso si yo hubiera estado trabajando. Esto que tiene mi niño ahora es más de lo que mi umbral de aguante-materno puede tolerar (siento tenerlo tan bajo, soy así de blandita).
A principios de semana escribí a la guardería para comunicarles que el niño no iba a ir más. Querría haberme pasado por allí o haber llamado por teléfono, pero con el niño en casa llora que te llora me resultó más sencillo mandar un correo. Su respuesta me ha decepcionado bastante, tengo que reconocer que con lo encantada que estaba con ellos esperaba que por lo menos preguntaran por mi hijo. En lugar de eso, me han dicho que sacar al niño es un error para su desarrollo y evolución y perjudicial también para mi. Sin palabras.
La semana pasada, también, cuando el niño pasó con la pediatra su revisión del año, estuve charlando con ella sobre el tema y lo que me dijo fue más que suficiente para reiterarme en nuestra decisión: “en niños menores de dos años no recomiendo las guarderías bajo ningún concepto y, en niños mayores de dos años, solamente si es imprescindible”. Obviamente, esto será opinable. Ya me imagino que más de un@ estará echando espumarajos de mi pediatra ahora mismo tras leer esto pero yo estoy de acuerdo con ella y me alegro de estar en su misma sintonía, algo imprescindible en un médico tan importante.
En definitiva, lo que venía a decir la pediatra es lo que yo he pensado siempre: que la guardería está muy bien cuando no hay más remedio y asumiendo siempre los riesgos. Pero, en mi caso, el no hay más remedio ya no existe. Tener la casa limpia, comida riquísima todos los días o los pelos en su sitio no tiene peso ninguno en la balanza si en el otro lado coloco el criar a mi hijo de una forma más acorde con mis ideas y proteger más su salud.
A pesar de todo, la decisión no ha sido fácil. Como ya comenté, me siento muy sola en el día a día. Y si mi hijo lo hubiera pasado mal, vaya, pero es que mi hijo ha entrado y salido de allí encantado todos los días. Me ha costado, tengo que reconocer que me ha costado, y siento que mi niño pierda la relación con V. 
Entiendo que ser madre también es esto: tomar decisiones. 
Después de tantas ideas y venidas en este último mes y medio, tengo unas ganas locas de tener un poquito de estabilidad. De que mi hijo se reponga, estar los dos en casa tranquilitos y ver qué hacemos. Porque con el dinero que me voy a ahorrar (que no es nada desdeñable a pesar de que me habían concedido la beca de la Comunidad de Madrid), tengo pensado apuntarnos juntos a hacer alguna actividad (cuando se reponga, claro) y contratar a una chica para que me ayuda con la casa unas pocas horas.
La semana que viene todavía me espera un trago, que es el ir allí a recoger las cosas del niño. Tragarme por un lado la pena que me da y por otro la comedura de tarro que estoy segura que me va a repetir la directora. Me da rabia porque estoy muy contenta con ellos y no quiero acabar disgustada, que es como estoy ahora mismo.
PD. No lo iba a contar, pero no me resisto. No voy a decir dónde, eso da igual. He leído hace unas horas que una usuaria de Internet (que no la voy a llamar ni persona, porque creo que no se merece tal título) ha escrito por ahí algo así como que de qué me quejo de que mi hijo esté tan malito si no le doy el pecho, que bien que me lo merezco por darle lactancia artificial. Que conste que no estoy enfadada. Lo que estoy es enormemente triste de que en este mundo exista gente tan mala, tan ruin y tan miserable. Más respeto, empatía y conmiseración de los demás es lo que hace falta en este mundo. Lamentable.