Tras muchos días hablando de Halloween, hoy me pongo seria. Ya me perdonaréis si no es lo que esperabais 😉

Hacía mucho que no publicaba un post tan personal como éste en el que os voy a contar el día que cambió mi vida. Pero ¿por qué no? Siempre es un buen día para explicar cuál fue el punto de inflexión que me convirtió en la persona que soy hoy.

Y espero que os sirva de utilidad para todas esas veces en que os sintáis mal, realmente mal, porque creo que todos debemos tener un lugar, un momento al que volver y recordar por qué estamos aquí.

El día que cambió mi vida

Era el mes de abril de 2009. Yo estaba embarazada de poco más de 3 meses. Trabajaba por cuenta ajena, relativamente cerca de casa, en un sitio con buen ambiente. Como muchos sabéis, me había costado muchísimo conseguir quedarme embarazada así que, sin duda, estaba en un momento de mi vida tremendamente feliz.

Pero, las cosas de la vida, todo cambió de la noche a la mañana. Una compañera tuvo una gripe-catarro muy fuerte que la tuvo una semana de baja. Volvió al trabajo, no sé muy bien por qué razón, sin estar recuperada. Fue tosiendo por todas las esquinas de la oficina y moqueando por todas partes… Obviamente me contagió. De hecho la recuerdo diciéndome “a ver si te voy a contagiar“. Pues sí, pues sí que me contagió.

Asmática, habiendo dejado la medicación de mantenimiento no sé muy bien por qué, cogí su virus. No me dió tiempo ni a preocuparme, el virus evolucionó muy rápido y en pocas horas me encontraba fatal. Me dolía muchísimo el pecho, me costaba una barbaridad respirar y tenía fiebre y la peor tos que he tenido jamás en mi vida.

Lo que pasó después os lo conté en este post en 2010: mi asma, mi embarazo y aquel virus desarrollaron una neumonía que me tuvo dos semanas ingresadas en el hospital.

Cuando tienes 25 años nunca esperas que la vida te de un revés. De hecho, yo ya venía tocada porque, ¿quién podía pensar que siendo joven iba a tener dificultades para quedarme embarazada? Pero ya una vez embarazada, ¿quién podría pensar que el asma, en teoría controlado, iba a suponerme un riesgo vital? Creo que nunca nadie piensa que el embarazo pueda, de algún modo, convertirse en una enfermedad, o que agravando una enfermedad preexistente te ponga en una situación en la que tu vida y la de tu bebé corran peligro.

Recuerdo aquel día de finales de abril como si fuera ayer. La ropa, los obreros que trabajaban frente al portal de mi casa y se me quedaron mirando cuando mi marido me llevaba casi en volandas hasta el coche, el médico que me atendió en el cribado de Urgencias… Recuerdo lo que lloré cuando todos los que me atendían ponían cara de preocupación y cuchicheaban pero a mi no me decían nada. Lo que lloré con cada tos, cogiéndome la tripa, pensando que iba a perder a mi bebé, que era el sueño de mi vida, en cualquiera de esas toses.

Ese día, mirando a través de la ventana los árboles que rodean al hospital, yo cambié totalmente. Me habían buscado la mejor cama y yo miraba a los árboles moverse con el aire que hacía ese día y literalmente veía mi vida pasar. Una vida que, con sus cosas buenas y sus cosas malas, había estado guiada principalmente por seguir el camino establecido e intentar no disgustar a nadie. Por cierto con poco éxito ya que las decisiones que había ido tomando en los últimos años, entre ellas casarme y embarazarme joven, no eran motivo de alegría para nadie más que para mi.

Aún sin saberlo, ese día tome las riendas de mi vida. Lamento si hoy os traigo pensamientos lúgubres pero hay una gran verdad que todos deberíamos asumir: hoy estás aquí y mañana no sabes si vas a estar. Somos una pequeña mota de arena en el desierto, algo casi imperceptible para el universo. No podemos dar nada por hecho.

¿Cómo quería yo vivir mi vida? ¿De verdad quería seguir viendo como los demás esperaban de mi?

 

Superar el trauma de un embarazo de riesgo

Si no queréis leer el post en el que os lo cuento con detalle, os lo resumo: tras dos semanas en el hospital me dieron el alta pero mi capacidad respiratoria quedó muy dañada. Estaba embarazada de 18 semanas, es decir, que pasé 21 semanas en mi casa ahogándome a cada momento y, por si fuera poco, con el riesgo tremendo que vivimos aquel 2009 con la gripe A.

No me importa reconocer que del trauma de aquel embarazo de riesgo, de un embarazo terrible en lo físico y en lo psicológico, no me he recuperado. Ni aún habiendo tenido otro hijo con un embarazo normal. Es algo que siempre va a estar ahí.

 

Resiliencia: volver a aquel día siempre que me hace falta

En los últimos años he entendido que puedo volver a ese día que me cambió la vida para sacar algo bueno de él.

Si aquello no hubiera sucedido yo no hubiera criado a mis hijos en mi casa. Este blog no existiría. Seguiría trabajando en alguna cutre-oficina y nunca hubiera emprendido, menos aún en algo tan bonito como ayudar a otros padres a portear a sus bebés.

Aquel día nací de nuevo. Me liberé de todas las losas que me pesaban tantísimo y empecé a tomar mis propias decisiones. Nunca más volví a disimular que soy otra persona distinta a la que la gente espera. Dejé de pasar vergüenza o apuro por tener que fingir. Dejé de buscar la aceptación de los demás. Lo pasé muy mal, terriblemente mal, pero desde entonces no ha habido ningún día que me haya visto obligada a hacer algo que no quería hacer.

Me gusta volver a ese día que me cambió la vida porque a menudo me siento como una mierda. ¿No os pasa? Hay días que me siento una madre de mierda. O una empresaria de mierda. O todo junto. Un auténtico desastre de persona sin capacidades ni talento alguno. Y me siento perdida porque a menudo mi mente va más rápido que mi cordura y quiero abarcar más de lo que puedo.

Pero entonces vuelvo ahí y todo cobra sentido. Cuando salgo a andar-casi-correr me vienen las mismas sensaciones de aquel día. Los árboles que se mueven, la sensación de ser diminuta en el espacio. La vida de otras personas, que pasan por tu lado sin reparar en ti.

Volviendo al día en que nací de nuevo puedo ver qué es lo que yo quería hacer en la vida: cuidar a mis hijos, a mi familia.

Y ya no tengo vergüenza de hacerlo ni de decirlo donde haga falta. No hago daño con ello, no tengo que demostrar nada y todos tenemos derecho a seguir nuestro camino. Con el corazón en la mano a veces no tengo más remedio que decir que el sentido de mi vida es cuidar a los míos y es ahí y no en otro lugar o circunstancia en la que quiero estar. A veces se ofenden, lo sé y lo lamento. Pero he aprendido que no es por mi, es por sus propias losas, porque quizá nunca llegó ese día que les hiciera planteárselo todo y reconocer que el camino de los demás no debe afectar al nuestro.

 

Volver al día que me cambió la vida es volver a un lugar seguro porque es el día en que conseguí reunir el valor necesario para vivir.