Postura Balón de RugbyFoto tomada de la Asociación SINA

En mis dos lactancias, y creo que en las de muchas mujeres, ha habido un punto de inflexión: un momento crucial en el que pendía de un hilo, un movimiento hacia cualquier lado podía inclinar la lactancia hacia el fracaso o hacia el éxito, todo o nada. Parece sorprendente que, al mismo tiempo, se pueda estar tan cerca de que todo funcione como la seda o del fin total de la lactancia, pero es que en ésto dificilmente puede haber situaciones intermedias: o va bien y lactar resulta instintivo y placentero o va mal; y si va mal, el final es cuestión de días/semanas que se le ponga fin, pues nadie puede aguantar mucho tiempo una lactancia desastrosa (ni la mamá ni el bebé).

El punto de inflexión con la lactancia (mixta) del Mayor fue, sin duda, cuando rota del dolor de pezones, decidí que por la noche la teta descansaba. Ahora sé que la lactancia nocturna es fundamental para mantener una producción adecuada, entonces no lo sabía y el dolor y la frustración ante la dificultad tampoco me dejaba ver mucho más allá. Todo lo demás: el dolor, los pezones en carne viva, lo mal que mamaba mi hijo, el necesitar complemento porque no succionaba… todo eso se hubiera podido revertir. Hubiera bastado con que alguien me ayudara a encontrar la posición adecuada para eliminar el dolor y facilitar que mamara. Hubiera ayudado que alguien se hubiera interesado de verdad en averiguar por qué mi hijo no comía, si tenía algún problema, algún frenillo, qué se yo. Cinco minutos para un cambio de postura, quizá usar relactadores en lugar de biberones, en fin, buenos consejos, y en unas horas hubiera remontado una lactancia que iba camino del desastre.

En ese caso, el punto de inflexión inclinó la balanza hacia el abandono. Tras dejar de dar el pecho por la noche, la producción, ya de por si mermada por la mala técnica succionando, descendió bruscamente y yo tiré la toalla (y el sacaleche) cuando tenía unos dos meses.

Todo esto lo sé no sólo por lo que he leído y lo que sé ahora. Lo sé, fundamentalmente, porque a los cuatro días de vida de mi hijo pequeño me vi con un baby blues de narices, un hijo mayor en shock, una ingurgitación que me impedía bajar los brazos, grietas en ambos pezones (que pocas horas después empezaron a sangrar y Bebé regurgitaba sangre), síntomas febriles y un dolor de pechos más que importante.

Vi mi lactancia de nuevo en la cuerda floja: un pasito para allá, cualquier cosa, quizá simplemente la tentación de saltarse una toma para darle tregua al dolor, y a hacer puñetas. Un pasito para acá, pedir ayuda, conseguirla… ocho meses y medio de lactancia que llevamos.

Mi pequeño nació un miércoles, nos fuimos a casa el sábado con Bebé mamando con mucha fuerza y entusiasmo pero haciéndome mucho daño. Llegó el domingo por la mañana, me estaba duchando entre lágrimas de dolor y de rabia, no podía soportar ni que me rozara el agua de la ducha por la ingurgitación y literlamente veía el acantilado. O me dejaba de doler, o se frenaban las grietas, o no podía con todo. ¿Iba a fracasar de nuevo?.

El punto de inflexión, afortunadamente, se inclinó esta vez hacia el éxito. A la velocidad del rayo vinieron a verme Una maternidad diferente y Mamá sin complejos y se pusieron a duo a darme masajes para aliviar la ingurgitación, al tiempo que me ayudaron a encontrar una postura que disminuyó de inmediato y en gran medida el dolor: la postura del balón de rugby.

La magia del punto de inflexión es que, superado el problema, la lactancia pasa de 0 a 10 en un instante, como si fuera magia. Mejorada la postura, mejoró el dolor, la ingurgitación, las grietas… ¡absolutamente todo!.

Sí, la postura del balón de rugby seguramente no sea la más cómoda para estar a todas horas con ella, pero mientras me curaba las heridas, mi bebé creció lo suficiente para que el tamaño más grande de su boca compensara que quizá no tenía la mejor técnica abriendo la boca o evertiendo los labios. En cinco días, es decir, cuando tenía 10 días de vida, ya podía dar el pecho con normalidad, no me dolía nada, no tenía grietas, y hasta podía dar el pecho en la calle como si llevara toda la vida haciéndolo.

Ojalá en todos esos puntos de inflexión hubiera alguien a quien llamar. Alguien que corra a tu casa para masajearte la teta porque tú no sabes cómo y te duele tanto que no serías capaz de hacerlo convenientemente. Alguien que un domingo deja a los suyos y sale corriendo con lo puesto para que ese punto de inflexión sea una victoria.