Desde hace unos pocos años, las vacaciones de verano son también sinónimo de un breve tiempo sin niños. Atrás quedaron aquellos años en los que separarme de mis hijos (especialmente del Peque) era algo impensable. Ahora son ellos los que están deseando hacer la maleta para pasar unos días con unos y otros abuelos. Apenas llevan cuatro días de vacaciones escolares y ya están con la cantinela a todas horas.

 

El primer año sin niños

La primera vez que se quedaron con los abuelos unos días y, por tanto, nosotros nos quedamos sin niños, teníamos unas expectativas altísimas.

Yo me programé una agenda en la que no había un minuto libre para la improvisación, tal era el ansia de que me cundiera el tiempo y poder hacer todo aquello que con niños es imposible. Lo hablamos durante semanas y estábamos ilusionados con todo lo que íbamos a hacer. No os penséis tampoco que eran grandes cosas. Sobre todo nuestra idea era adelantar trabajo, sacar adelante nuevos proyectos, y meternos a hacer cosas de la casa que habitualmente no haces nunca, como vaciar un armario entero para hacer una limpieza a fondo.

Pues bien, cuando llegó el momento no hicimos prácticamente nada. Fue como si una losa nos hubiera caído encima: lo único que nos pedía el cuerpo era descansar. Daba igual que nosotros le dijéramos al coco que tocaba cumplir la agenda, una nube pesadísima se apoderó de nuestro cuerpo y nuestra mente y nos impidió cumplir nada de lo programado.

 

Cuando te sientes incómodo sin los niños

Después de varias experiencias similares, ya he asumido que estar sin niños a mi me produce una gran incomodidad. Una cosa es que una tarde te quedes en casa mientras ellos se bajan al parque. O que una mañana de domingo se vayan a dar una vuelta y tu te quedes un par de horas trabajando, cocinando o recogiendo (porque yo, sin hacer nada, no puedo estar).

Pero de ahí a quedarme sin ellos, días… Va un trecho.

Por más que trate de enfocarlo, algo muy profundo dentro de mi se muestra increíblemente incómodo cuando no están los niños. Es tal la sensación de irrealidad que tengo en esos días, que para cuando empiezo a recuperarme del shock, ya toca que vuelvan.

Lógicamente, bajo esa sensación de vida irreal es difícil mantener el enfoque. Ya no digamos cumplir la agenda.

Es un periodo dominado por la emoción, en el que siento que tengo poco control.

En esos días, gana lo más básico: descansar. Es como si mi cuerpo tomara las riendas y dijera: Ahora que no tienes responsabilidades, vas a hacerme caso de una vez. Vas a comer, vas a dejar de correr y, sobre todo, vas a dormir todo lo que no duermes habitualmente. Y ya os digo que da igual cómo trate de resistirme, porque me manda una nube de plomo y cuanto más luchas, más te aplasta.

 

Los planes realistas

Muchas veces digo que en la maternidad es imprescindible marcarse objetivos que se puedan cumplir y planes realistas para alcanzarlos.

Obviamente si tienes unos días sin niños y los planificas bien podrías hacer un millón de cosas. Pero ¿realmente son imprescindibles? ¿son urgentes? ¿son absolutamente prioritarias?

Con el tiempo he aprendido a conectar más conmigo. Ahora soy plenamente consciente de que durante el año tengo un estrés elevado y un desgaste físico considarable, que si no hacen más mella es simplemente porque no tengo tiempo para parar y voy en piloto automático. En el momento en que paras, pierdes la carrerilla y te caes al suelo. Es en ese momento en el que salen a flote todas las necesidades no atendidas durante el año, que son las más básicas del ser humano: dormir, comer… y charlar con tu pareja, una actividad claramente de capa caída en los últimos tiempos.

 

Entonces, ¿qué hacer con el tiempo sin niños?

Programarse unos planes estresantes, que de ninguna manera vas a cumplir, produce más frustración. Vuelven los niños, no has hecho nada y ves la oportunidad perdida mientras te tiras de los pelos, en lugar de valorar lo mucho que te han servido esos poquitos días para rellenar las alforjas de paciencia y mano izquierda.

Llamadme loca, pero sigo sin desear ese tiempo sin niños. Se que está bien, que lo necesito, pero como también conozco la incomodidad que me produce, no lo espero. Para ser totalmente sincera: no quiero que se vayan. Me alegro de que lo hagan, porque ellos se lo pasan muy bien y es enriquecedor para ellos. Pero por cómodo que pueda ser hacer las tareas diarias sin niños, comer rico y despacio o dormir más y mejor… esa no es mi vida. Francamente, preferiría, ¡mil veces!, que nuestra crianza fuera más fácil, que no fuera necesario estar sin ellos para estar más relajada. Pero, oye, es lo que nos ha tocado.

Desde que asumí esto, lo llevo mejor. Ya no hago planes imposibles ni me siento culpable por no disfrutar de ese tiempo sin ellos. Lo asumo como una parte más de la forma en la que yo vivo mi maternidad.

¿En qué aprovecho entonces ese tiempo sin niños? Sobre todo, me dejo fluir. Curiosamente, cuando te dejas llevar por lo que te pide el cuerpo, al final sueles hacer más de lo que parece. He tenido días que me he levantado súper inspirada y he sacado adelante tareas pospuestas desde mucho tiempo atrás sin esfuerzo alguno. O simplemente he sido capaz de estar dos horas en el sofá viendo una película, algo que es todo un triunfo para una persona como yo, que siempre tiene que estar haciendo algo.

Desde luego, cuando te dejas llevar por las necesidades más básicas de tu cuerpo – esas que no escuchas el resto del año – haces mucho más que si te empeñas en cumplir una agenda y terminas bloqueada.

Charlar con tu pareja hasta las tantas, dar un gran paseo con tu perro, disfrutar de una larga ducha, hacer un maratón de series o ir a comer a un sitio que os apetezca mucho. No son las cosas más productivas del mundo. Pero quizá sí las más necesarias.

 

Y tú, ¿qué haces cuando tienes tiempo sin niños? ¿Cómo lo aprovechas?