A través de Spiegel me llega una noticia muy interesante: un café de Berlín ha creado una zona exclusiva para adultos sin niños.
Al parecer, el café se encuentra ubicado en un barrio muy familiar y en varias guías de locales se describía el sitio como un local ruidoso, con muchos niños y carritos de bebé. Los dueños, que tienen un niño, decidieron reservar una sala silenciosa, donde los adultos pudieran disfrutar de su consumición sin el alboroto que reina en el resto del local.
Por lo que se ve, en Alemania la noticia ha sido una bomba informativa e incluso los partidos políticos se han sumado a la polémica, posicionándose en contra de la decisión de este local, por considerarlo una medida “anti-niños”, en un país que tiene graves problemas de natalidad.
Me llama la atención la noticia no por la hipocresía de los políticos (algo ya bien conocido) sino porque mi marido y yo hemos comentado este tema en numerosas ocasiones. A nosotros que nos gusta la gastronomía se nos ocurrió hace ya mucho la idea de crear un local sólo para adultos sin niños o bien, como han hecho en este café, un local donde hubiera una zona específica para familias con niños pequeños.
¿El motivo?. Fundamentalmente la mala educación de los padres. Los tiempos en los que cuando un niño se portaba mal uno de sus padres se salía fuera para regañarle y que se le pasara el berrinche pasaron a la historia. Antes, si un niño se portaba mal, los padres se morían de la vergüenza, le regañaban y si la cosa continuaba, pagaban y se iban. Ahora es habitual ver niños correr por todas partes, gritando, saltando, tirando cosas, molestando a otras mesas sin que uno pueda ni siquiera saber de quién son hijos. 
Siempre he pensado que si uno va a un café a tomarse un buen capuchino o a un restaurante (no hablo de restaurantes eminentemente familiares como el McDonald’s o el Vips) a comer algo rico, no hay derecho a que te lo estropee nadie. Y aquí incluyo al que se fuma un ducados en la mesa de al lado o al que lleva a su prole para que se la aguanten los demás.
Hace un tiempo hubo un debate similar en el blog Mi vida con hijos y cuando di mi opinión me pusieron a caldo. Yo tengo un bebé, me encanta estar con él, me encanta (y me encantará) llevármelo a todas partes (no concibo otra cosa) pero tengo claro que no voy a molestar a nadie. Precisamente ahora que le ha dado por chillar, no hago más que pensar en los vecinos porque entiendo perfectamente que quien debe aguantar las “molestias” soy yo que soy su madre y nadie más.
Sí, yo tengo hijos, pero, sí, me molestan los niños maleducados y los padres caraduras. No me parece contradictorio tener un hijo y estar de acuerdo con que existan zonas donde disfrutar de la consumición con tranquilidad. ¡Si somos nosotros y cuando vamos a un sitio procuramos sentarnos lejos de las familias con niños!.
Hemos llegado a un punto donde yo me admiro cuando veo una familia con niños pequeños bien sentados en la mesa, sin ponerse de rodillas ni de pie, usando sus cubiertos, comiendo con tranquilidad y permaneciendo sentados hasta que sus padres se lo indiquen. Esto antes era lo normal, porque antes los padres explicaban a sus hijos dónde iban y cómo había que comportarse y los niños iban encantados.
Que los niños son niños, por supuesto, pero los padres también tienen que ser padres.
Así que oye, bravo por este local de Berlín, que ha tenido una idea estupenda y, sobre todo, mucho valor.