Después de haberle dado muchas vueltas y considerado todos los pros y los contras, decidimos no apuntar al nene a matronatación este verano por el tema económico. Pero llegaron mis padres al rescate, como abuelos babeantes que son, y han decidido regalárselo al niño, así que ayer mismo empezamos.

A pesar de que el año pasado no terminé demasiado contenta con algunos comportamientos de la gente que lleva el sitio al que fuimos, hemos decidido volver (lo podéis leer aquí). Supongo que esto ejemplifica lo escaso que está Madrid de este tipo de actividades, que uno termina volviendo a un lugar que no le termina de entusiasmar porque no hay mucho más dónde elegir. Y, no, no han cambiado de un año para otro, que fue entrar por la puerta y ya estaban con su estrategia comercial agresiva para venderte más y más tiempo, ¡debe ser que todavía no se han dado cuenta de que eso hace el efecto contrario en muchas personas!.

Pero eso es lo de menos porque ¡NOS LO PASAMOS BOMBA!.

Ayer se metió mi marido y yo me quedé fuera, mirando por la cristalera. ¡Ay cuando vi a mi niño con su bañador, tan mayor ya, con ese cuerpecito cada vez más espigado, esas piernas largas… entendí a las mamás que son las mayores fans de sus hijos!. ¡No podía dejar de babear y aplaudir!.

Todavía sigo con la sonrisa en la cara. Porque ayer ocurrió algo que para mi fue muy importante y que necesitaba ver: que mi hijo está muchísimo mejor y que nadie diría que hemos pasado por lo que hemos pasado este invierno. Ayer era el niño más grande de la piscina (está en la clase de 1 a 2 años y los otros nenes que acudieron no creo que llegaran al año y medio) y, por fin, puedo decir que se notaba a la legua que era el niño más mayor de los que allí estaban, que lógicamente era el más espabilado, que imitó todo lo que le tocó imitar, que esperó su turno, que interactuó mirando a todo el mundo a la cara… No sé si alguien que no haya pasado por esto podrá entenderlo, pero me sentí tan tan bien. El nene se volvía, me miraba tras la cristalera y le leía los labios que decía “mamá” mientras me señalaba. Mi marido dice que no paró de hablar y de preguntar “¿qué se so?“, mientras intentaba señalar sin que se le saliera el churro de debajo de los sobaquetes… Eso que para otras familias será tan normal, ¡para nosotros es tan importante!, ¡qué alegría tan grande!.

El nene se lo pasó en grande. Sigue siendo ese niño intenso del año pasado, queriendo tirarse nada más ver la piscina, nadando con la boca abierta y la lengua fuera para catar el agua de la piscina, riéndose como si no hubiera mañana, pegando unos gritos de satisfacción que hasta yo oía en la calle (¡qué manía más mala!), aplaudiendo a los otros niños cuando se tiraban al agua… ¡Mi niño, qué bonito está, qué rico es!.

Lo dicho, es que no he podido parar de babear desde entonces. Estoy muy enamorada, es lo que pasa.