Quedé en que lo próximo que escribiera lo haría desde la orilla del mar. Como lo prometido es deuda, en la foto podéis ver el estado de la playa en estos momentos, ¡me temo que os voy a dar envidia!.

Hoy es realmente nuestro primer día porque ayer fue el viaje y la llegada y todo fue un poco extraño, con todas las rutinas alteradas.

El viaje se nos hizo eterno.

Creo que dábamos por hecho que el viaje iba a ser muy bueno porque al niño le gusta mucho ir en el coche y nunca ha dado ningún problema, pero ayer fue la excepción. Salimos de Madrid a las 07h y no paró de quejarse de que le daba el sol en los ojos hasta que pegó una cabezadita a las 08.30h. Cabezadita, porque aunque hubiera necesitado dormir el viaje entero, está claro que sentado no logra superar los 45 minutos de sueño. Paramos y ¡pantalón calado!. ¡Cómo se puede hacer tanto pis en menos de tres horas!. Vuelta al coche y vuelta a protestar hasta que se volvió a dormir cuando faltaba menos de una hora para llegar… Vamos, que el viaje consistió en protestar (mucho) y dormir (poco).

Menos mal que nos decidimos por el Levante y no por la costa de Cádiz, que era nuestra primera opción, porque me da algo en un viaje en coche tan largo.

El resto del día fue raro. Hacía muchísimo calor, no corría nada de aire, todos estábamos cansados pero el niño no conseguía dormir. De hecho, estaba completamente alterado, frenético, corriendo de un lado para otro, disfrutando con las tres camas juntas del hotel, intentando hasta subirse a la mesa cuando nos sentamos a comer…

Tanto mi marido como yo tuvimos un momento de crisis. Yo lo tuve a mediodía: el niño estaba espídico, hacía un calor espantoso, me dolían los ovarios a rabiar y me sentía cansada. Mi marido lo tuvo por la noche, después de sentar al niño trescientas veces en la silla para que siguiera comiendo su cena sentadito. Los dos dijimos en algún momento del día ¿esto son vacaciones?.

Pero luego pasan esas cosas que lo cambian todo, las que hacen que merezca la pena y que tener familia sea tan maravilloso. En la cena, justo cuando nos estábamos quedando ya sin paciencia, cogió un trozo de limón con forma de media luna, se lo llevó a la oreja y empezó “hoooolaaaaa, hoooolaaaaaa”. Carcajada general y se olvida todo lo malo.

Cuando ya caía la noche nos acercamos a la orilla del mar. Acabó con todo el pantalón empapado, encantado con que las olas le mojaran los pies.

Seguiré contando, que vamos a despertarle ya…