Hace unas semanas terminé de leer el libro de Yolanda González “Amar sin miedo a malcriar”. Ha sido una lectura que he disfrutado. No es tan fácil de leer ni tan ameno como puede ser un libro de Carlos González, pero a cambio tiene más profundidad y da mucho que pensar. Discrepo en algunas cosas que comenta, o al menos hasta las conclusiones a las que llega, pero al mismo tiempo me ha gustado leer cosas que llevo años pensando y hasta la fecha no había oído en boca de nadie.

Una de estas cuestiones es el concepto de sociedad enferma. Algo que a veces he mencionado en petit comité pero que no suelo explicar a los cuatro vientos por temor a ser señalada como la rarita (más aún) y por no sonar catastrofista. Pero, vamos, que tampoco es para tanto. Simplemente pienso que esta sociedad está enferma, carece de valores y respeto por el prójimo, y eso es lo que explica que hayamos terminado viendo como normal y corriente cosas que no lo son. Y al revés.

Un ejemplo práctico de conversación absolutamente enferma es esta situación. Un día de Navidad, por la mañana, paseando tranquilamente los tres juntos con nuestra perra. Nos encontramos con una señora también dueña de perro.

– Ah, ¡no sabía qué íbais a por la niña!.

– Pues no, no íbamos a por la niña, de hecho, es niño.

– Oh, vaya… bueno, pues para el próximo, qué le vamos a hacer.

– No creo que haya próximo.

– Fulanita tiene dos niños y siempre se quedó con la espinita clavada. En fin, son cosas que pasan, ¡qué remedio!.

– Bueno, yo no tengo ningún interés en tener niñas, no sé qué problema tiene la gente con los niños.

– (Cambiando de tema) Oye, y en la guarde que tal, ¿dónde le llevais?.

– No, no va.

– Ah, ¿no? ¿Y con qué abuela se queda? ¿Con tu madre o con la…?

– (Sonrío y la interrumpo) Con ninguna. El niño está conmigo.

– Pero, ¡¡¿no me digas que no trabajas?!!.

– Fuera de casa no. Si a trabajar dentro se le llama no trabajar, entonces no, no trabajo.

La conversación no tiene nada de novedosa. Es una de tantas. En esta semana por twitter he leído a gente que se preguntaba por qué les preguntan una y otra vez cosas como:

– ¿Hasta cuándo le vas a dar la teta?.

– ¿El segundo para cuándo?.

– ¿No piensas volver a trabajar? Te arrepentirás toda la vida.

– ¿No crees que el niño estaría mejor en la guardería?.

– ¿No es muy mayor este niño para ir en brazos?.

– ¿Que duerme contigo? ¡Estais locos!.

Y un largo etcétera.

El problema no es la conversación en sí, no son las preguntas en sí mismas. El problema es que toda esta retahíla de impertinencias, de juicios de valor que nadie ha solicitado, de comentarios estereotipados, se dicen sin pensar porque se consideran de buena educación y normales dentro de una conversación amable.

Cada vez que alguien me pregunta por el sexo de mi bebé y les digo que es otro niño, sienten la necesidad de darme el pésame porque lo consideran un gesto de amabilidad, una convención social tan habitual como dar los buenos días a tu vecino o las gracias al comprar el pan en la panadería. Y ahí es donde está lo enfermizo, en considerar normal lo que no lo es. Y en considerar anormal que a mi como madre me duela que desprecien a mi bebé aún-no-nacido simplemente porque su sexo no es el que esta sociedad espera que sea.

En algunas conversaciones que he tenido con otras blogueras hemos coincidido en que tener esta visión del mundo es dura por cuanto te sitúa como una completa outsider. Ver el mundo como lo ve la mayoría siempre resulta más cómodo y agradable. Pero ya que es así como vemos las cosas y no podemos remediarlo, vamos a conservar la cordura y recordarnos mutuamente que esto no puede ser normal. Todas esas personas que en el día a día recibimos estos comentarios y nos sentimos removidas, no sé si seremos muchas o pocas, pero no estamos solas. Y quizá, sólo quizá, si no contribuímos a la cadena, podamos cambiar el mundo.