Por fin he empaquetado el capazo, bien protegido en un plástico, con todo su ajuar dentro, para que quede debidamente guardado en la casa del pueblo de mis suegros. 
Como lo tenía encima de la cama de la habitación de mi hijo, ahora parece más grande (¡la habitación y la cama!).
Qué liberación poder decir: ¡un trasto menos!.