Uno de los mejores recuerdos que tengo del embarazo del mayor son los dolores de caderas, ingles, pubis y huesos de toda esa zona propios de las últimas semanas. Empecé a notarlos en torno a las semana 32, sobre la 34 ya tenía la cabeza completamente encajada y recuerdo aquella sensación con total nitidez. Es verdad que tener la impresión de que llevas un melón entre las piernas (melón que además insiste en golpearte una y otra vez el cuello del útero) puede parecer una sensación poco agradable y que los dolores y pinchazos apenas me dejaban andar, pero a mi me encantaba.

Tenía dudas sobre si esta vez sentiría los mismos dolores y sensaciones porque no estaba segura de si es posible que se encaje estando de nalgas, al menos no con tanta facilidad. Curiosamente, desde la misma semana 32 he comenzado a notar esas molestias tan características y paulatinamente noto la tripa más baja. Ni qué decir tiene que estoy igual de encantada.

Hay tres sensaciones físicas del embarazo que me encantan: los movimientos del bebé (incluído el hipo), las contracciones de Braxton Hicks y los dolores de encajamiento. Tienen en común, a mi modo de ver, que nos muestran la perfección de nuestro cuerpo y del de nuestro bebé, cómo la naturaleza sabe lo que tiene que hacer sin necesidad de que nosotras hagamos nada en especial. Son tres experiencias irrepetibles, nunca volveremos a notar algo tan físico y tan palpable salvo durante el embarazo.

Cuando se vive esta experiencia con admiración, es díficil que el dolor moleste. En algunos momentos pienso que es, incluso, muy agradable. Ese sentir que se me abren las carnes, literalmente, para dar paso al nacimiento de mi hijo, me resulta fascinante.