Suele ocurrir que los bebés cambian de un día para otro. Lo que hasta el momento funcionaba, llega un día que ya no. A nosotros con los purés nos ha pasado exáctamente eso.
Mi hijo no es nada glotón. Nunca le he visto disfrutar con la comida. Nada más nacer la lactancia fue un desastre, hacía un millón de tomas diarias de unas cantidades ínfimas y era más una lucha consigo mismo por succionar que una alimentación en condiciones. Conforme mejoró en este aspecto, fue espaciando bastante las tomas, demostrando que comía porque tenía que sobrevivir pero nada más. 
Yo le tenía algo de miedo a la introducción de la alimentación complementaria. Por lo que me cuenta mi suegra, sus hijos no fueron buenos comedores y mi hijo parecía ir por ese camino. Sin embargo, aceptó muy bien todos los alimentos que le puse por delante (salvo el yogur) y se comía unos buenos platos (hasta hace nada se estaba zampando a mediodía purés de más de 300 ml). 
Eso sí, el espacio entre comida y comida tenía que ser de bastantes horas. Nada de comer cada 4/5 horas, mi hijo para comer a mediodía tiene que haber desayunado ligero y que hubieran pasado al menos 5 horas, mejor 6, y si es posible con siesta de por medio porque con sueño directamente no come. Ahora en verano empezó a levantar más tarde, sobre las 8. La comida la he ido retrasando, adecuando al momomento en que me parecía que tenía hambre (porque él nunca ha dado signos de estar hambriento más allá del tercer mes de vida), y ha habido días que ha comido a las 3 de la tarde porque antes de esa hora se negaba a abrir la boca.
Su interés por nuestra comida se despertó hace un par de meses. Empezamos a darle pan y galletas. La mitad iba fuera y la mitad que iba para dentro lo hacía casi sin masticar, pero a él le gustaba y poco a poco ha ido mejorando. Mi perra encantada de todo lo que caía al suelo, todo hay que decirlo.
El sábado 21 de agosto salimos fuera a comer y se negó a comerse su puré. Lo intenté a las 12.30, a las 14 y finalmente a las 15.30h conseguí que comiera apenas 3 cucharadas. Mientras tanto, como nosotros sí comimos (a duras penas porque además montó un pollo de impresión) le dimos patatas fritas y trocitos diminutos de hamburguesa. Esos sí iban para dentro, lo que no quería era el puré. Merendó más bien poco, unas 5 cucharadas de puré de frutas y cenar cenó bien, su biberón con cereales habitual. Durante los días siguientes la situación fue a peor hasta que el martes 24, que encima yo me acaba de cortar el dedo, directamente pasó de comer y de merendar. 
Yo sabía lo que pasaba: se había cansado de los purés. 
Hablé con mi amiga Belén, ¡siempre dispuesta a echar una mano!.  Me daba un poco de vértigo iniciarle con los trocitos por miedo al atragantamiento, por no saber qué darle y cómo darselo (y eso que sois varias las que me habíais hecho ya sugerencias, de las que he tomado buena nota) y también, por qué no reconocerlo, por pereza. Siguiendo sus consejos, plasmados estupendamente en esta entrada que le pedí que publicara, le empecé a dar trocitos. ¡Exito total!.
Desde el miércoles a hoy (5 días) ya le he dado trocitos finísimos de filete de ternera blanca a la plancha, de jamón york, de tortilla a la francesa, de queso fresco y de rape rebozado. Lo que hago es bastante menos cantidad de puré y más ligero que los que hacía y esos trocitos a parte. Le pongo un plato de plástico con los trocitos y los va cogiendo con la mano. Cogerlos los coge muy bien, con mucha destreza, aunque el metérselos en la boca es otro cantar y unos cuantos se pierden por el camino, para regocijo nuevamente de nuestra perrita. Le ha gustado tanto lo que le he dado a probar que hasta se sonríe, está muy claro que quería comer trocitos y comérselos por él mismo (¡porque cuando se los doy yo no los quiere!). Cuando veo que está entusiasmado con los trocitos, aprovecho para que coma un poquito de puré.
Es evidente que está comiendo menos cantidad. Eso me preocupa y no me preocupa. Por un lado, es bien sabido que los niños a partir de un año crecen mucho menos y, por tanto, necesitan menos alimento. Pero también es cierto que mi hijo tiene un peso tirando a bajo y nadie quiere que su bebé se convierta en el espíritu de la golosina. De todas formas, estoy bastante tranquila a ese respecto y algo me dice que no veré caer estrepitosamente su percentil de peso en la revisión del año.
En realidad, la única “preocupación” que tengo ahora mismo es qué tal va a comer en la guardería. Me han comentado que se come a las 12, una hora bastante temprana para el escaso apetito de mi hijo y más si no le dejan dormir siesta en toda la mañana. Tengo dudas de que realmente vaya a comer algo por el sueño que tendrá si no ha reposado durante la mañana y porque darle de comer requiere bastante paciencia, más que nada porque se distrae con una mosca, mueve la cabeza y el cuerpo sin parar (¡qué difícil es acertar!), se chupa las manos, los pies y hasta muerde la cuchara. Voy a apuntar en la hoja que nos han pasado que ahora prefiere comer trocitos suaves con la mano, aunque no sé si me hace gracia que coma trocitos de comida sólida sin una supervisión total por parte de una cuidadora, por muy suaves que sean los trozos.
¡Ya veremos!.