Hace unos días superamos los tres años de lactancia. ¡Tres años!

Miro hacia atrás y me parece un suspiro aunque entiendo que para todos los que desconocen la lactancia materna prolongada puede parecer una eternidad. No sé si sólo me pasa a mi pero desde que cumplí los treinta el tiempo ha subido de ritmo y cuando pienso en ayer resulta que es años atrás. Da un poco de vértigo.

Como ya contaba el otro día, llegar hasta aquí no ha tenido más secreto que dejar las cosas fluir. De hecho, llegar a los tres años de lactancia nunca ha sido un objetivo, igual que tampoco lo era llegar al año o a los dos años. Simplemente hemos fluido y hemos llegado a este punto… y hasta donde lleguemos.

El primer año de lactancia materna fue el año de la fascinación. Bebé estaba todo el día mamando pero seguramente yo estaba incluso más entusiasmada que él, apenas podía creer que la naturaleza fuera tan perfecta. Muy pocas veces en mi vida he sentido tanta felicidad, satisfacción y fascinación.

El segundo año de lactancia materna fue el año más contradictorio. Lógicamente mi euforia del primer año fue disminuyendo y el cuerpo me pedía menos marcha pero Bebé en ese momento estaba tetadicto a tope. Aunque la mayoría del tiempo fue agradable, tuve momentos de estar hasta el moño porque era frecuente que Bebé pidiera y a mi no me apeteciera y en aquel momento él no estaba preparado para entender que yo estuviera cansada o necesitara espacio.

Adentrarme en la lactancia prolongada no siempre fue sencillo porque empecé a sentirme sola. Que sola he estado siempre porque la crianza que nosotros vivimos no te llena de amigos precisamente. Pero continuar con la lactancia muy por encima de lo que la gente espera en algunos momentos me hizo sentir incómoda, tener que dar más explicaciones de las que uno quisiera, sentirse tan tan diferente…

El tercer año de lactancia ha sido el año más tranquilo. El verano pasado, con dos años y algunos meses le expliqué a Bebé que la tetita la tomaríamos solo en casa. No soy partidaria de meter la lactancia en el armario, de hecho a veces siento ganas de rebelarme contra mi misma, pero el espectáculo que dábamos en el parque cada vez que me pedía teta me hacía cabrearme todas las tardes. Porque no había tarde que no se parara una señora a contemplar el espectáculo como si estuviera en el Zoo de excursión. Y aunque en general no hacían comentarios desagradables y su asombro era positivo, Bebé no entendía las cosas que le decían y a ambos nos resultaba desagradable que un tercero se asomara a nuestras vidas de esa forma. Curiosamente Bebé lo aceptó muy bien y han sido muy muy poquitas veces las que ha vuelto a pedir tetita en la calle después del verano pasado.

Aunque en general Bebé ha seguido bastante tetadicto, desde los 32-33 meses para acá la demanda ha ido disminuyendo. Obviamente tiene días pero un día normal solamente toma por la mañana al despertarse, en la siesta para quedarse dormido (aunque a veces se duerme en el sofá él solito) y por la noche para dormirse y si tiene algún despertar. La mayoría de los días ya no pide fuera de los momentos de acostarse / despertarse e incluso en estos momentos suelen ser tomas bastante cortas. Si alguna vez pide entre horas, suele ser un chupito de apenas algunos segundos, como para comprobar que todo sigue en su sitio.

En los últimos dos meses yo he empezado también a ponerle nombre a esos chupitos, sobre todo cuando estoy cansada o simplemente no me apetece en ese momento. Muchas veces le digo “venga, el último chupito” y lo acepta fenomenal. O le digo “venga, vamos a contar hasta 5“. Ahora ya se puede razonar.

Bebé ama a su tetita. La acaricia, la besa, la mima. Dice que la quiere mucho, la acuna como si fuera un bebito. Es precioso y muy emocionante.

Ahora mismo para mi está todo bien. No tengo momentos de agobio, Bebé tiene menos ansiedad tetil y todo parece indicar que continuaremos así durante mucho tiempo más. Si la gente fuera capaz de respetar lo que no comprende sería ya todo perfecto, pero… eso sería mucho pedir.

Foto | Various Brennemans en Flickr CC