Salvando las grandes diferencias entre mi primera experiencia estrenándome como madre y ésta, en mi caso se repite el esquema de recuperación postparto e integración del cambio familiar: unas primeras semanas bastante malas, inicio de remontada en torno al mes y algo y empezar a ver la luz al final del túnel cerca de los tres meses tras el nacimiento.

Y es curioso que se repita tan claramente porque las razones esta vez han sido distintas.

Con mi hijo mayor las primeras semanas fueron malas porque perdió mucho peso, la lactancia iba muy mal, tampoco tomaba apenas biberón y presentó cólico del lactante desde los primeros días de vida. Recuerdo como especialmente horrible la tercera semana, que fue cuando mi marido empezó a trabajar tras la baja de paternidad y se juntó con unos días en que los llantos se prolongaban desde las doce hasta las seis de la mañana. El fracaso definitivo de la lactancia mixta, en torno a los dos meses, marcó también el inicio de una mejoría en todos los aspectos: alimentarse más y mejor, empezar a recuperar peso algo más rápido, dormir más horas…

En esta segunda ocasión, las primeras semanas han sido horribles por un montón de motivos. Primero, porque nos encontrábamos desubicados y para el Mayor fue un golpe muy fuerte. De estar bien pasamos a estar todo el día peleando, enfadados los unos con los otros, él enfadado con todo el mundo, rabioso especialmente conmigo, intratable hasta con aquellos con los que nunca había tenido ni un problema (por ejemplo, con sus abuelos). Dormir no entraba dentro de lo normal: Bebé pasó su primera semana sin dormir ni un solo minuto en la franja nocturna y cuando empezó a hacerlo apenas dormía tres o cuatro horas en toda la noche y nunca del tirón; el Mayor, para no ser menos, empezó a inquietarse y despertarse en muchas de las tomas el pequeño. Problemas durante los primeros días de lactancia: una ingurgitación bestial y grietas sangrantes en ambos pezones. Y un tiempo de perros que nos impedía salir a la calle a airearnos un poco. ¡Vaya cóctel!.

Como digo, la mejoría ha seguido los mismos tiempos que la primera vez. A partir del mes y pico (en torno a las seis semanas), Bebé empezó a dormir algo más por la noche y conseguimos que casi todos los días pudiéramos coincidir los cuatro a la misma hora para hacer una siesta, lo que daba energía para superar esas noches con apenas cuatro o cinco horitas de sueño totalmente fragmentado. También Mayor empezó a hacerse a la situación alrededor del mes y medio de vida de su hermano, dejó de estar tan enfadado, poco a poco su nivel de rabia fue descendiendo, volvió a estar cariñoso y receptivo conmigo y a dormir con normalidad.

Es ahora, con dos meses y medio, cuando puedo decir que todo empieza a rodar. Este fue el momento en que, en diciembre de 2009, me encontré con fuerzas para iniciar este blog y es en este momento en que comienzo a sentirme más animada, veo que todo va encajando, que todos estamos más felices y nos sentimos menos extraños. Bebé ha empezado a dormir algo mejor durante la noche: un primer tirón de entre tres y cinco horas y uno o dos tirones de dos horas cada uno. Entre medias, las tomas son bastante más cortas (hemos pasado de una hora y algo a media hora) y no suele espabilarse (ni yo prácticamente) por lo que ahora suelo dormir unas seis horas de media, con suerte alguna más.

Desde luego que este rodar es distinto de aquel que ya vivimos: es cierto eso que dicen que uno más uno, tratándose de niños, no parece sumar dos. Pero poder decir que todo empieza a rodar es un gustazo.