Estaba dudando si hablar de esto o no porque el artículo que lo ilustra está en inglés. Al final me he decidido porque el tema es interesante y creo que se entiende bastante bien.
Por si alguien tiene problemas con el idioma, hago un resumen. 
Esta es una columna tipo consultorio del Washington Post. En el recorte que he escaneado, una chica le comenta a “la experta” que su mejor amiga tiene hijos y está agotada, muy ocupada, sin tiempo para ella misma y, por supuesto, sin tiempo para atender su amistad. Pero ella no lo comprende. ¿Qué hace una mamá que no trabaja en su día a día?. Según ella, básicamente tocarse el higo. Porque actividades como ir a la compra, hacer la colada, son actividades que ella, que trabaja fuera de casa, también hace y sin quejarse. Al final, más que preguntar asegura que su amiga y, en general, las madres con hijos que no trabajan, aprovechan la excusa para tomarse un tiempo de descanso y disfrute y en lugar de reconocerlo, mienten haciéndose las víctimas. 
La respuesta de “la experta” me ha encantado porque le da caña de una forma muy educada. Evidentemente, la que realiza la pregunta ya se ha respondido así misma (que estás mujeres mienten o compiten por ser las mayores mártires del mundo), parece que busca que alguien le de la razón para sentirse bien juzgando tan duramente la conducta de sus “amigas” (lo pongo entre comillas porque con amigas así casi mejor sola).
¿Qué hace una madre que tiene un bebé? Pues nada del otro mundo. Pero es que en realizar cualquier tarea tardamos el doble o el triple porque no es lo mismo estar en casa sola que estar pendiente de que el niño reclama mimos, necesita comer, cambiarse n veces al día el pañal, dormir, levantarse de sus siestas, salir a dar un paseo, jugar, etc, etc, etc.
Le dice la experta que si después de un día duro atendiendo las necesidades de un bebé su amiga prefiere pasar sus minutos de descanso relajándose en el baño en lugar de llamarla por teléfono o mandarle un mail, en lugar de pensar que es una quejica que compite por ser la mujer más ocupada del mundo, debería comprenderla, apoyarla y ponerse en su lugar.
Me ha gustado la columna porque probablemente este tema lo hayamos sufrido todas y cada una de las madres que hemos tenido un bebé, durante las 16 semanas de baja de maternidad, y no digamos ya las que nos hemos quedado en casa más o menos tiempo acabado ese “permiso”. 
Situación muy habitual en mi caso:

– Oye, y cómo es que no estás trabajando.
– Es que he pedido una excedencia.
– ¡Vaya suerte!.
-¿¿¿??.

¿Suerte? ¡Tócate las narices!. Yo me callo porque cada vez llevo peor el discutir, más con ajenos que me la traen al pairo. Pero, francamente, estar con una excedencia es cualquier cosa menos suerte. No me pagan, es más que probable que en el trabajo me consideren una caradura, es más que probable que cuando vuelva no tenga ni sitio donde sentarme y, lo que es peor, tendré que volver no porque yo lo desee sino porque no tengo más remedio por la situación económica que tenemos. Suerte hubiera sido casarme con un millonario, o que me tocara una lotería, o que heredara de un pariente rico, ¡qué se yo!, cualquier cosa que me permitiera la libertad de volver a trabajar si me apetece y, si no, no hacerlo.

Dejando bien claro que una excedencia no es un regalo, lo peor de que te digan ¡qué suerte! es que lleva implícito que quedarse en casa es un chollo. Evidentemente, quedarse en casa es un gusto porque me permite cuidar a mi hijo personalmente y otras “comodidades” como no quitarme el pijama en todo el día si no quiero o tumbarme a echar una cabezadita si el niño se duerme a media mañana. Ahora bien, más allá de las ventajas que a todo el mundo le parecen evidentes:
– Me levanto a primerísima hora del día, desde luego mucho antes de la hora a la que me levantaba para ir a trabajar cuando no tenía a mi hijo.
– Me agacho y me levanto, acarreando al niño, no menos de 50 veces diarias.
– Atiendo no menos de 4 berrinches diarios y bastantes más de 15 protestas con lloriqueos, pataleos e incomprensiones varias.
– Al menos 3 ó 4 veces diarias le sigo por toda la casa durante más de 45 minutos, habitación por habitación, intentando que no se abra la cabeza con cualquier mueble, que no se coma una caja de cartón o el cable del sensor de la Wii, o se eche la papelera por encima, o se beba el agua de los bebedores de los animales. 
– Salgo a la calle a dar una vuelta no menos de dos veces diarias, cuando todo los demás entretenimientos fallan, con independencia de que haga un calor del carajo fuera.

– Cargo con el carrito del niño lleno de bolsas de verdura y fruta (¡jamas hemos consumido tanta!) y con la perra al lado por la cuesta día sí día no sin nadie que me ayude ni para abrir las dos puertas del portal y la del ascensor.

– Intento hacer las tareas domésticas como buenamente puedo, mientras le engaño de múltiples formas para  que no proteste mientras las hago. Porque limpiar el baño con el famoso ñiiiiiiiiii que va en aumento es algo que me altera un montón. 

Bueno, es tontería hacer una lista. Son millones de cosas. Básicamente, todo lo que supone atender a un bebé una media de 13 horas diarias sin ayuda ninguna (ahora son menos porque mi marido tiene un mes y medio de jornada de verano). Y no, yo no me quejo, porque lo hago encantada y soy más feliz que nunca. 
Pero un poquito de consideración nunca viene mal. Si no cojo el teléfono, será que estoy cambiando unos pañales. Puedes volver a llamar, pero si llamas cinco veces seguidas, podría ocurrírsele al que está al otro lado que quizá estoy realizando alguna actividad con mi hijo que no me permite salir corriendo como si se estuviera quemando la casa. Si después de un día sin parar estoy tan cansada que no me apetece hablar por teléfono, cualquier persona con un mínimo de empatía podría entenderlo… ¿no?.
Esto que a mi me parece tan normal, no debe serlo tanto. Porque yo topo a diario con gente que se piensa que estoy en casa, básicamente, disfrutando de un año sabático y que por tanto me debería sobrar el tiempo cosa mala.

El cansancio psicológico agota. Esto lo sabe cualquier persona que tenga un trabajo estresante. Pero es que aún queda mucha gente que no valoran más trabajo que el físico, se presupone que los trabajadores de oficina son gente que se pasa el día navegando por Internet (que también) y ni se les pasa por la mente que haya gente con unos trabajos con un nivel de estrés que más de uno sufririría un jamacuco antes de acabar una semana completa. Pues cuidar un niño 24 horas al día 7 días a la semana es igual y si el niño es movidito y explorador como el mío, ya ni hablamos (en mi opinión es más estresante todavía porque a mi el devenir de la empresa me preocupa más bien poco, pero que mi hijo se abra la cabeza eso sí que me afecta directamente).

Con perdón de la expresión, manda huevos que ya no pueda una ni decir que está cansada sin que la digan: tuuuuu? pero tu de qué vas a estar cansada?.

Contaremos hasta 10… O hasta 100.