Se suele decir que los niños tienen un ángel de la guarda. Debe ser cierto porque si no no se explica que mi nene salga indemne de tantas situaciones de peligro que él mismo crea. Eso sí, el angelito de mi hijo tiene tanto curro que el día menos pensado se nos da de baja por estrés, ¡a ver qué hacemos entonces!.

Dos de las últimas:

– Hace unos días compré una caja grande de pañales, de estas que dan para un mes. Como tanto al niño como a los gatos les encantan las cajas, la dejé por el salón para que jugaran con ella. Era consciente del riesgo que suponía e intenté estar todo lo pendiente que pude pero, claro, bastó una décima de segundo para que el niño se subiera a la caja, intentara ponerse de pie, esta se hundiera por su peso y el cayera dándose con toda la frente en el canto de un mueble. Si me doy yo semejante golpe acabo con una brecha en la cabeza. Pues él nada, un chichoncillo diminuto, una rozadura y menos de un minuto de llanto, más por el susto que por el golpetazo. No habían pasado ni cinco minutos cuando ya estaba intentando repetir la hazaña con la caja dichosa.

– Hoy mismo, en matronatación. Como todas las tardes, sale corriendo del vestuario tan emocionado que cualquier día se tira directamente al agua sin esperar ni a su padre ni al profe ni a nadie. Como le sacaba un poco de distancia al papi, aprovecha para subirse a una colchonetilla que tenían medio dentro medio fuera, mojada. El resbalón que se ha pegado ha sido de esos de película de dibujos animados, cayendo con todo el cuerpo, de espaldas y cabeza. El angelito ha querido que todo su cuerpo aterrizara a lo largo de la colchoneta, por un milímetro no ha dado con la cabeza en el suelo de la piscina. Un milímetro fuera de sitio y acabamos en Urgencias, dice mi marido que casi se desmaya entre el susto y el calor de la piscina. El niño ni ha llorado, casi creo que hasta le ha hecho gracia.

Angelito que estás en el cielo, ¡gracias, gracias!, pero no bajes la guardia ¡que este nene te la lía cualquier día!.