Mi hijo no es nada cariñoso. 
Incluso de recién nacido no era un bebé que disfrutara especialmente estando en brazos. En estos 9 meses me sobran dedos de una mano para contar las veces que se habrá quedado dormido mientras le acunábamos. No disfruta de los besitos (aparta la cara) ni de los abrazos (muchas veces me trepa por todo el cuerpo y se empuja con manos y pies para que nos separemos y/o le deje en el suelo). Para dormirse siempre ha necesitado espacio para rular de un lado a otro, nada de dormir en compañía.
Algunas veces estoy un poquitín frustrada. Me encantaría que echara los bracitos, que se acurrucara en mi hombro (alguna vez lo hace, pero pocas), que viniera arrastrándose cuando le llamo…
Pero hay un momento del día que no falla. Cuando le tengo en el cambiador, sobre todo por la noche ya después del baño, mientras le voy poniendo sus cremas, su pijama, me acerco a su carita y le digo muy suavemente: te quiero, te quieeeee – roooo. Y siempre siempre sonríe y pone una expresión de amor… ¡Con eso se me quitan todas las penas!