A veces se me olvida lo afortunada que soy. Aunque he mejorado muchísimo desde que soy madre, sigo teniendo cierta tendencia a ver el vaso medio lleno y eso hace que demasiado a menudo me centre en todo lo que no tengo y me olvide de lo demás.

Es verdad que Dios (o la vida, o la suerte, lo que queráis) no me ha dado una salud de hierro ni una gran paciencia, que me hubiera venido de perlas en todos estos años. También (y muy tristemente) me ha negado (nos ha negado) algo que para mi era tan vital como respirar: el don de la fertilidad. Y a veces me enfado con Él (o con la vida, o con la suerte que tengo) y no comprendo por qué nos ha negado esto tan importante y se lo ha regalado a personas que no lo saben apreciar.

Hace poco me dijo mi marido, cuando le explicaba lo enfadada que me tenía por cosas como esta que le ha ocurrido a Silvia, que nosotros teníamos que estar agradecidos porque quizá no estaba en nuestro destino tener ni siquiera un hijo y sin embargo tenemos al nuestro con nosotros. Quizá, mientras nos lamentamos por las dificultades para tener otro no nos damos cuenta de que ya tenemos más de lo que podíamos esperar.

Hace también unos poquitos días me preguntaba una amiga creyente que por qué no le rezaba y le pedía lo que tanto necesito. No lo hago porque me da vergüenza. Porque pienso que debe estar tremendamente ocupado con los problemas de otras personas, mucho más importantes que los míos, y que a mi ya me ha dado tanto que seguir pidiendo es un gran acto de egoísmo.

En 2008 me ayudó a superar un momento personal malísimo y de la noche a la mañana me encontró un trabajo al lado de casa que jamás pensé ni siquiera que existiera.

En 2009 me dió a mi hijo, a mi ansiado bebé, a través de un embarazo malísimo, sí, pero me lo dió.

En 2010 me puso en bandeja que tomara una decisión que necesitaba tomar: no trabajar fuera de casa para dedicarme a mi familia.

En 2011, aunque el año empezó bastante mal, ha ayudado a mi hijo a salir del bache y podamos olvidarnos de palabras y etiquetas muy muy feas y tristes.

¿Sigo pidiendo?… Creo que tengo derecho a cabrearme, a patalear, a no entender nada, a quejarme amargamente, porque hay cosas que son muy dolorosas. Pero creo que no debo olvidar todas las cosas buenísimas que tengo en mi vida y que debo estar muy agradecida. Mucho, mucho.