Entre las muchas razones por las que escribo poco y me asomo poco por las redes sociales hay una que destaca: no tengo nada que me apetezca contar. Cuando todo lo que podrías decir son cosas que no te apetece compartir, ¿de qué vas a hablar?

No, no es un trabalenguas, realmente es muy sencillo. Podría escribir sin descanso sobre cómo ha cambiado nuestra vida con la llegada de Bebé y su alta demanda, el larguísimo túnel de mi día a día, el si-te-he-visto-no-me-acuerdo de quienes siguieron su vida sin nosotros y todo tipo de pensamientos negativos que quitarían a cualquiera las ganas de reproducirse (y no digamos ya de ir a por el segundo). Pero no quiero hacerlo.

Al margen de que ya bastantes penas tenemos la mayoría como para andar leyendo las ajenas, creo muchísimo en el poder de la palabra. Las afirmaciones negativas atraen lo negativo. Así que aquí victimismos los justos.

Hace dos años y dos meses me cambió la vida. Y en esta etapa necesito otras cosas. Intimidad, prudencia, comprensión. Cosas alegres y bonitas.

No hablo de maternidad de photoshop, de esa ya sabéis que aquí no hay. Hablo de agradecer lo que tenemos, celebrar la alegría de estar juntos y querernos aún en los peores momentos. De compartir lo que suma, de las pequeños instantes diarios que hacen que todo tenga sentido aunque todo lo demás sea un desastre.

Así que ya que estamos, aprovecho para hacer un llamamiento. ¿Tienes algo bonito qué compartir? Te presto este espacio. Si tienes algo alegre que contar, un proyecto relacionado con la maternidad que merece la pena, quieres sortear una ilusión, en fin, algo que despierte una sonrisa en cualquiera de nosotros: ¡Escríbeme! Soy toda oídos.