Ayer por la mañana tenía que ir al taller y a Correos. Ni qué decir tiene que me llevé al cada-día-menos-bebito y sin carro ni ná, que al final es más estorbo que otra cosa, sobre todo cuando voy sola (total, ya no lo quiere ni en pintura).
La mañana fue de aupa. 
Nada más bajarle del coche en el taller empezó a agitar los brazos y dar grititos y palmas de la emoción de ver tantos coches juntos y gente subiendo y bajando. Parecía que le había llevado a Disneylandia. Mientras le contaba al recepcionista del taller lo que había que hacerle al coche, no paraba de empujarme con todas sus fuerzas, darme manotazos y patadas para que le bajara, las pasé canutas para retenerle. Como lo que le iban a hacer al coche era cosa de poco rato, nos dejaron pasar a una sala. Mi bicho estaba como si se hubiera tomado cuatro cafés para desayunar: quería trepar por los sofás (pisoteándome para conseguirlo), tiró las revistas de la mesa veinte mil veces, no paraba de andar-casi-correr de un lado para otro, se iba hacia la puerta intentando abrirla, aporreaba una vitrina de cristal… Cuarenta minutos eternos. 
Cuando ya me tocó pagar, no podía firmar el albarán y el ticket de la tarjeta con él en brazos de lo mucho que se movía pero en cuanto le posé en el suelo  primero fue directo a tirar de unos cables que estaban medio escondidos debajo del mostrador y a continuación se metió a toda prisa para dentro de la oficina.
Ahí fue cuando lo ví. Vi la cara de una de las que estaban allí atendiendo, más adentro, mientras mi hijo se dirigía a ella. Una cara de asco, de desprecio, de vaya niño cabrón y vaya madre inútil. Reconozco que me sentí mal, quería largarme de allí cuanto antes porque mi hijo estaba imparable y yo no podía atender tantas cosas a la vez.
Hasta cierto punto no la culpo. A mi tampoco me gustan ni un pelo los niños maleducados con padres que no se ocupan de ellos. El problema está en que la línea que separa un niño muy inquieto y demasiado pequeño para poder razonar con él, de un niño con problemas de autocontrol y unos padres dejados, es muy delgada. 
Todavía a día de hoy pasa por un bebé movido, aún se le ve muy pequeño, pero soy consciente de que dentro de dos días a los ojos de los demás será un niño cabrito. Como madre, me duele. Yo puedo decir que mi hijo es tal o cual cosa porque sí, porque lo he parido yo y porque no tengo los ojos cerrados a la realidad. Pero que no lo digan los demás porque me los como.
No es la primera vez que nos pasa una cosa así (ya hace meses que solemos destacar allá donde vamos) y se que nos va a suceder cada vez más. Y que debo ir preparando el chubasquero.
A mi, a día de hoy, lo que más me consuela es haber encontrado por aquí familias con niños del mismo tipo del mío. Me hace sentir comprendida y arropada, que no es poco. ¡Gracias!.