Recuerdo que acaba yo de tener a mi hijo cuando leí esta entrada en Mi Vida con Hijos, que hablaba del poder adictivo que tienen los bebés. Me sentí afortunada por ser la propietaria de uno de esos bebés tan tiernos, pero nunca pensé que iba a sentirme tan identificada con la autora como lo hago ahora.
Por una vez en la vida siento que hay algo que se me da bien, muy bien. Algo que me da  felicidad, que puede con el cansancio, que me hace sentirme llena, querida… Incluso mejor persona. ¿No sería estupendo tener siempre un bebito por casa?. Ahora soy yo la que mira con envidia a las embarazadas, a las madres que empujan carritos con capazo y las sonrío porque sé exactamente lo que se siente.
Miro la habitación desde la que escribo, llena de libros, ordenadores, cables… y pienso que podemos quitar todos estos muebles, reubicarlos en el salón y poner literas.  Apretarnos más el cinturón y comprar un mini-bus para la familia y la perra. Llenar la casa de churumbeles que corran a la puerta cuando llegue mi marido de trabajar gritando “papaaaaaaaa” y se le abracen a las piernas y le tiren de la pernera del pantalón para que le den un beso. Tener siempre un bebé al que mecer, un bebito al que ver dar sus primeros pasos, un niño que venga del cole con sus primeras notas.
Quiero formar una gran familia, no se de cuántos, pero quiero vivirlo intensamente, con su ternura, sus ratos malos y también con esa sensación animal que tengo cada vez que le achucho, le huelo, me lo como a besos. ¡Si hace nada estaba dentro de mi!. Carne de mi carne, ¿qué puede haber más grande que eso?.