A menudo me siento mal. Pero mal, mal. Un nudo en el estómago terrible, angustia, dolor de cabeza, incluso me mareo. Sí, la preocupación que me producen los niños a mi me llega a provocar síntomas físicos. Y no te pienses que me pasa de cuando en cuando… que va, me pasa con mucha frecuencia. En fin, que no soy ajena a eso que llaman “el sentimiento de culpa de las madres“. Pero, ¿sabes qué? Que yo no lo llamo culpa, yo lo llamo responsabilidad.

¿Qué es la culpa?

Mira lo que dice la RAE:

Definición de culpa

Del latín culpa.

1.f. Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. Tú tienes la culpa de lo sucedido.

2.f. Hecho de ser causante de algo. La cosecha se arruinó por culpa de la lluvia.

3.f. Der. Omisión de la diligencia exigible a alguien, que implica que el hecho injusto dañoso resultante motive su responsabilidad civil o penal.

4.f. Psicol. Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado.

Si te fijas en las cuatro acepciones, parece claro que culpa se asocia con un daño y con una acción u omisión exigible a alguien.

Pero ¿qué es un daño cuándo tenemos hijos? Parece claro que pegar a un niño, no darle de comer, no llevarle al médico cuando lo necesita, eso es un daño. Pero es que esto son cosas muy extremas, en las que afortunadamente no nos sentimos identificados (¡espero, vamos!).

Entonces, ¿cómo llamamos a todo lo demás que nos provoca sentimientos de preocupación como padres? ¿También sería culpa?

Yo creo que no.

 

¿De dónde viene el sentimiento de culpa de las madres?

¡De todas partes!

De hecho, da igual lo que hagas, siempre pensarás que podrías haberlo hecho mejor. Y, tomes las opciones que tomes, siempre vendrá alguien a decirte todo lo que has hecho fatal. La maternidad es una de esas situaciones en las que puedes ser acusada de una cosa y la contraria por el mismo hecho. Curioso, ¿verdad?

Creo la culpa de las madres tiene su origen en seis pilares básicos:

1.- Darle demasiada importancia a lo que los demás opinan

Un ejemplo muy claro es cuando el niño llora en mitad del supermercado, quizá porque no le compramos lo que quiere en ese momento o simplemente porque no quería entrar (algo de lo que yo entiendo mucho ya que mis hijos han sido alérgicos a las tiendas durante muuuuuucho tiempo y todavía hoy parece que les produce urticaria).

Cuando el niño llora en mitad de un sitio público y monta un número, siempre siempre siempre acabamos sintiéndonos culpables. Y da igual si hemos reaccionado con calma o si hemos perdido los nervios, la culpa siempre aparece porque siempre podríamos haberlo hecho mejor. ¡Si no que le pregunten a todos los opinadores que se apuntan en cuanto ven a un niño liándola! Y es que con independencia de si reaccionas con paciencia y mano izquierda o si pierdes los papeles, lo peor de los espectáculos públicos no es lo que le pasa a tu hijo… lo peor es cómo te mira la gente ¡y cómo miran al niño!

¿A que no es lo mismo cuando pasa algo similar en casa?

 

2.- Ser ultra-exigentes con nosotras mismas

Yo creo que cuando tienes al segundo te curas bastante de la ultra-exigencia. Bueno, al principio no, y como te descuides acabas con una depresión postparto de tomo y lomo. Porque cuando tienes al segundo te das cuenta de que nunca más podrás hacerlo igual de bien que lo hacías antes (suponiendo que antes lo hicieras medianamente bien) ya que es imposible que puedas estar en dos sitios a la vez. Es más, descubrirás una nueva fórmula matemática por la cual 1 niño + 1 niño nunca suman el doble de trabajo sino muchísimo más.

Así, o te curas de la ultra-exigencia o pierdes la cabeza. Normalmente hay un poco de todo, pero acaba imponiéndose la sensatez.

Como persona perfeccionista que soy e hija única-súper-ordenada-y-cuadriculada, me encantaría tener un hogar idílico en el que todo fuera paz y armonía, se comiera muy muy sano, se hiciera muchísimo ejercicio al aire libre y nada se saliera del plan meticulosamente trazado con al menos dos semanas de antelación. Pero hace tiempo que asumí que esto no era para mi por lo que acepté la supervivencia como forma de vida. Si los niños no se duchan un día, si se te olvida el chandal del cole, o los lápices que tenías que comprarle, si no eres capaz de recordar qué día tenían la excursión del trimestre, si pasan una temporada con los pantalones pesqueros o en una semana pones macarrones con tomate cuatro días (con suerte, alternos)… el mundo no se acaba.

No tienes que competir con nadie, ni siquiera contigo misma. No vas a ganar el título de madre del año y a tus hijos, desde luego, les da exactamente igual todo lo anterior mientras les trates con cariño, que es lo único de lo que no pueden prescindir.

 

3.- Perder la objetividad

Uno de los grandes problemas de la culpa es que, como sentimiento negativo que es, no construye sino todo lo contrario. No te ayuda a ampliar tus miras sino a perder la objetividad. Llega un punto en el que sólo ves lo mal que lo haces, todo lo que podrías hacer mejor, y de ahí no sales.

Lo cierto es que nunca lo hacemos tan mal como creemos. Ni tampoco suele haber tanto por mejorar. Como dijo John Lennon, la vida es aquello que te pasa mientras tras haces planes.

 

4.- El exceso de comparaciones

Creo que este punto es un mix de todo lo anterior.

La hierba siempre parece más verde en el jardín del vecino. En cuanto pongas un pie fuera de tu casa siempre encontrarás madres más apañadas que tu, niños más educados y padres que son la auténtica alegría de la huerta. ¡Qué digo poner un pie fuera! Basta con que abras Instagram para que se te caiga el alma a los pies.

Pues bien, te voy a decir algo muy evidente: en todas partes cuecen habas. ¡Pero en todas!

Céntrate en los tuyos y deja a los demás felices en su perfección, que incluso los ricos también lloran.

 

5.- La falta de tribu

La soledad de las grandes ciudades no es buena compañera para maternar. Si además lo haces contracorriente, se puede llegar a hacer muy cuesta arriba.

La tribu sirve para muchas cosas. Entre otras, para mantenerte con los pies en la tierra.

 

6.- La falta de información veraz

La información lo cura todo. Sólo con información podemos tomar decisiones libres. Y cuando decides libremente, desde una sólida creencia en lo que haces porque sabes que hay una razón incontestable detrás, las cosas se ven muy diferentes. Ahí es cuando empieza a darte igual lo que digan los demás, eres capaz de mantener la objetividad y mirar más hacia dentro y menos hacia fuera.

 

No es culpa, es responsabilidad

No me gusta hablar del sentimiento de culpabilidad de las madres.

No creo en él. Creo que es un invento para que las madres sientan esa culpa que realmente no sienten.

Porque creo que lo que realmente sentimos no se llama culpa, se llama responsabilidad.

La culpa es negativa, te paraliza, no te deja pensar. La culpa te hace sentir decaída, sin ilusión, la madre más inútil del mundo. No te ayuda a construir nada bueno ni a mejorar, sólo a compadecerte y a terminar pensando que da igual lo que hagas porque siempre lo harás mal.

En cambio la responsabilidad te centra en tu papel de madre. Te ayuda a discernir lo que es importante de lo que no y te invita día a día a mejorar aquello que puedes pulir, dejando a un lado lo superfluo que dejaríamos sólo para cuando sobra tiempo.

Cuando eres consciente de la inmensa responsabilidad que implica tener un hijo no te queda tiempo para lamentos ni para culpas: tienes que actuar. Es tan grande el reto que tienes entre manos que no cabe sino esforzarse. Mucho.

Ojo porque no creo que la responsabilidad sea más llevadera que la culpa. De hecho, creo que es bastante más pesada porque la responsabilidad es inherente al cargo y no puedes despegártela de ningún modo, es para siempre.

La culpa, si consigues amueblarte bien la cabeza, desaparece sin más.

Pero la responsabilidad es lo que te hace estar todo el día dándole vueltas a la cabeza y las noches mirando al techo, pensando en por qué ayer no respondiste mejor cuando por enésima vez le pediste que guardara las canicas y no te hizo caso, en si has desestabilizado la vida de tu hijo por tener otro hijo justo en ese momento tan inoportuno, en cómo vas a hacer para llegar a fin de mes ahora que has tenido que cambiar los neumáticos al coche o cómo vas a conseguir que aprenda las horas porque en el cole se han empeñado en que las aprenda aunque no esté maduro para ello.

La responsabilidad te da un baño de realidad bestial: tu hijo es como una figurita de barro aún por moldear. Su potencial es tan grande como abrumador. Lo que juntos viváis en los próximos años será determinante para el resto de su vida. Cómo decidas hacerlo, lo decides tú.

La responsabilidad es crítica, tenaz, observadora, paciente, trascendente y ávida de información.

La responsabilidad es agotadora y pesa como un elefante.

La responsabilidad es tirar del trineo. Todo el tiempo. Como la mamá de la cabecera del post. Todos los días. Haga frío, calor, tengas fiebre o estés cansada.

 

Con el corazón en la mano te digo que creo que nunca me he sentido culpable por nada. Pero sí muy responsable. Así que quizá no tenga ese sentimiento de culpa de las madres del que tanto se habla. Pero el peso de la responsabilidad te aseguro que a menudo me corta el aliento.