Creo que voy a crear un nuevo grupo en Facebook (¡si no existe ya!) que se llame Señoras que arrollan niños y ni se paran a pedir perdón.
Ya me habían hablado de esta especie algunas madres con niños pequeños (y no tan pequeños) y me lo creía, desde luego, que además de Señoras entiendo un rato, sobre todo desde que me vine a vivir a este barrio, donde campan a sus anchas… pero una cosa es que te lo cuenten y otra es que sea tu propio hijo al que arrollan una y otra vez.
Desde hace unas semanas mi hijo tiene mucho interés en andar por la calle, agarradito de una mano. A nosotros nos parece genial, es como tiene que ser, el niño tiene que practicar y, por tanto, salvo que sea imposible (que pocas veces lo es), se lo permitimos siempre que quiere. Lo cierto es que andando de una mano se da bastante maña, no se tropieza casi nada e incluso lleva buen ritmo. Además, nosotros nos esforzamos bastante por no ser un obstáculo en la acera. Evitamos ir por todo el medio, procuramos ocupar poco espacio, salvamos los obstáculos, vamos atentos a la gente que pasa, etc etc. 
Bueno, pues lo mismo da. No hay día que una Señora no le pegue un meneo a mi hijo, incluso que le haga perder el equilibrio. Aunque haya tres metros de acera, se lo llevan por delante. Son como una apisonadora: meten primera y arrasan con todo lo que pillan en su camino. Y cuando notan que han dado con algo ahí abajo, no sólo no piden perdón, sino que se vuelven con mala leche para ver quién ha osado interponerse en su línea recta. 
El domingo pasado, harta ya de ser educada con toda esta fauna, la pagué con la última que hizo el numerito. La señora estaba enfrascada en una conversación con otras de su especie, en todo el medio de la acera (maximizando el espacio, vaya) y aunque nosotros la bordeamos a distancia suficiente, justo cuando pasamos se puso en marcha para irse, arrasando con todo. Saqué el brazo que tenía libre y la empujé todo lo suave que mi educación me permitió mientras dije bien alto: ¡señoraaaaaaaaaaaa!. La mujer, pa’chasco, se volvió con toda la intención de espetarme eso de qué poca educación tienen los jóvenes pero ni le dí tiempo, la fulminé con la mirada. 
 
Al margen de las Señoras, están el resto de los madrileños por la jungla. Hace tiempo que me di cuenta de que Madrid está pensada para personas en plena forma y muy poquito para los niños, las familias y las personas con discapacidades. Hay gente que camina tan deprisa que ni se le ven las piernas. Esos sí nos esquivan, sí, pero pasan tan cerca que cuando no le dan un bolsazo al bebito le meten la cremallera del abrigo en un ojo o le arrean con el paraguas. 
Estoy por comprarme una espada de estas de foam que venden para niños y bajarme a la calle con ella para empezar a dar porrazos, a ver qué le parece a la gente.
No me gustan los rifi rafes a pie de calle pero ando ya muy muy quemada. La calle es de todos y para todos, no cuesta nada tener un poco de cuidado.