Como era de esperar, no nos ha tocado. 
El Día de la Lotería me gusta mucho porque es el comienzo oficial de las vacaciones de Navidad. Tengo muy buenos recuerdos de este día, como las fiestas de la facultad, o el de la primera Navidad que mi marido y yo pasamos juntos, que compré chocolate y churros y vimos el sorteo juntitos tapados con una mantita. 
Pero lo que es ilusión porque me toque, ninguna. Recuerdo años en casa de mis padres que llevaban un montón de décimos entre los comprados, los regalados, los llevados a medias… Pero cuando me tocó a mi empezar a comprar la lotería de mi bolsillo, rácana que es una, me parecía tirar el dinero 20 euros (¿22?) en algo que tiene muy pocas posibilidades de merecer la pena. Prefiero gastarme ese dinero en otra cosa, por ejemplo, en una buena merendola de tortitas con nata… ¡o unos churros en San Ginés!.
Además, yo creo que a mi la lotería no me tocará nunca porque yo ya he tenido mucha suerte en la vida. A pesar de todas las cosas que me han ido pasando, me considero una afortunada y se que Dios ha estado siempre ahí conmigo. No puedo pedir más.
Una amiga mía a veces me dice que tiene mala suerte y siempre le pido que por favor no diga eso. Cuando peor estamos es cuando más esfuerzo tenemos que hacer por ver que no nos va tan mal: tenemos bonitas familias, estamos más o menos sanos y tenemos el dinero suficiente para tener un nivel de vida aceptable.
Si os ha tocado algo, aunque sea la pedrea, ¡enhorabuena!. Y, si no, enhorabuena también, seguro que teneis muchas cosas que festejar.