Durante el embarazo tuve que dejar de conducir bastante pronto porque entre las bajadas de tensión, los mareos y el no poder respirar me daba auténtico miedo que pudiera pasarme algo al volante. Y después, entre unas cosas y otras, no he salido de casa con el coche y con el niño a solas más que una vez, de la que no guardo buen recuerdo porque me montó un pollo a la vuelta de esos que se recuerdan toda la vida.
Pero eso se acabó. Empieza el buen tiempo, yo estoy con más fuerzas, mi bebito está con muchas ganas de ver mundo… Así que hemos inaugurado la temporada de hacer cosas los dos juntos, aunque no esté papi. Se me hace raro y un poco cuesta arriba. Me encantaría que estuviéramos los tres juntos todo el día, pero no puede ser. Y si tengo que esperar a que llegue a casa, entonces no hacemos nada entre semana. 
Ayer me armé de valor y me fui de tiendas con mi bebito. Se portó muy bien, pude ver casi todas las tiendas que quería ver, probarme con bastante tranquilidad porque no había nadie en el centro comercial y el estaba tranquilito y no se me dió mal lo de meter y sacar el carro del maletero. ¡Me he comprado unas cuantas cositas muy chulas!.
Primera experiencia más que satisfactoria. Estoy eufórica. Supone un gran paso para mi, una parte importante del postparto, una reafirmación de mi autonomía como mujer y como madre.
Próxima misión: ir al supermercado… Aunque, ¿cómo puedo hacer para empujar a la vez el carrito del niño y el del hiper? (no le puedo sentar en las sillitas que traen los carros porque no sostiene la espalda firme, aunque creo que en el Mercadona hay “huevitos”, ¿no?).