Con la entrada de Bebé en el cole ha llegado un momento extraño: quedarse “sin niños” durante unas horas después de seis años de tenerlos siempre conmigo.

Varias personas me habéis preguntado que cómo me sentía, que si era raro o me sentía triste y cómo lo llevaba en relación con el momento en que fue Mayor el que empezó el cole. Como tantas cosas en mi maternidad, la respuesta a cómo he afrontado la entrada en el cole de mis hijos es que han sido dos experiencias muy distintas.

Cuando Mayor entró al cole le faltaba un mes para cumplir los tres años. Era realmente muy pequeño, en una clase además donde la mayoría de los niños tenían casi un año más que él, acababa de dejar el pañal apenas tres semanas antes y atención temprana pocos meses atrás. Aunque su carácter era mucho más extrovertido y confiado que el de Bebé y sabía que la separación no iba a ser un problema, sí tenía serias dudas sobre si emocionalmente estaba preparado para pasar unas horas en un ambiente mucho menos protector y considerado con su complicado mundo interior y también tenía serias dudas sobre si la escolarización era una buena opción para él.

El día que le dejé en el cole y me volví a casa con Bebé durmiendo plácidamente en mi pecho sentí un vacío doloroso como una puñalada. ¿Realmente le había dejado en el sitio adecuado? ¿Era el mejor momento o llevarle tan pequeño, tan frágil y con la delicada situación en la que el nacimiento de Bebé nos había puesto era un error? Sí, me vino bien tener unas horas para no tener que atender a dos a la vez, pero durante muchos meses, quizá incluso durante todo el primer año, tuve dudas muchos días y si le mantuvimos allí fue porque él estuvo encantado desde el primer día, tanto que quería incluso acudir los fines de semana o festivos.

Bebé, en cambio, ha entrado al cole con tres años y cuatro meses. Dejó el pañal nada menos que un año antes. Entraba sin colecho, sin tetita, y plenamente convencido. Me preocupaba que no fuera capaz de separarse de mi porque su caráter es distinto al de su hermano: mucho más desconfiado, más tímido y más dependiente de mi. Sin embargo, yo sabía que si superaba esa primera barrera de separarnos por unas horas, no iba a tener ningún problema. Además, conocer el cole, conocer a la profesora, tener claro que en este momento de su desarrollo sí es algo muy positivo para el… todo eso ayuda.

Por otro lado, cuando Mayor entró en el cole yo estaba en pleno apogeo maternal. Bebé tenía apenas cuatro meses y yo estaba hormonada hasta las cejas. Nada que ver con ahora, tras seis años de crianza y con una lactancia ya terminada. Es indudable que tras estos años de crianza intensiva, yo estoy agotada física y psicológicamente. De jugar al escondite desde las 8 de la mañana, de hacer plastilina, de jugar al fútbol en el pasillo, de ir a todas partes acompañada, de hacer malabares para trabajar… Al igual que explicaba sobre la lactancia, yo necesitaba que llegara este momento.

El día en que Mayor terminó oficialmente Infantil se celebró una pequeña fiesta en el cole. Un niño de los que acababan Primaria hizo un pequeño discurso y dijo que la vida era como un viaje en tren, en el que nos subíamos con nuestros padres y en un determinado momento ellos se bajaban para que nosotros continuáramos nuestro camino. Entrar en Infantil no significa que los padres se bajen del tren, pero es empezar a soltarse de la mano. No es fácil, para ninguna de las partes, soltar ese lazo. Pero es la vida y la vida es hermosa. Crecer es maravilloso y es así como yo lo veo, como algo tremendamente positivo.

Así que este mes de septiembre todo ha sido sencillo. Por una vez en nuestra (nada fácil) crianza, algo ha ido suave como la seda. Y es un alivio que haya sido así.

Foto | Chris Parfitt en Flickr CC