Casi sin darnos cuenta el mes de septiembre está llegando a su fin y ya son unas cuantas sesiones en las que M. ha venido a nuestra casa, mientras su local, Centro Adin, termina de estar listo y entra en funcionamiento.

Tenía la idea de que en casa iba a ser complicado dar las sesiones. Pensaba que el niño no iba a ser capaz de concentrarse en un espacio que normalmente es de juego libre y que iba a ser difícil aprovechar el tiempo, que las sesiones iban a cundir mucho menos que cuando íbamos a un centro fuera de casa. Sin embargo, me ha sorprendido muy positivamente ver que se comporta igual que se comportaba antes, que colabora igualmente y que lo disfruta de la misma forma.

Los dos primeros días no tuvimos problema para que se quedaran a solas pero las últimas sesiones ha sido imposible. Reconozco que tenía la esperanza de poder aprovechar ese ratito para tener yo un poquitín de tregua, aprovechar para bloguear o recoger un poco pero el nene se agarra a mi como una lapita, así que tengo que estar presente.

De todas formas, en esto de que se niegue a estar a solas creo que influye bastante algo que ya imaginaba que iba a ser un problema pero que en la práctica lo está siendo aún más: mi perra no para de ladrar. Siempre hemos tenido este problema, no es que sea nada nuevo, así que para mi era una razón importante que me tiraba un poco para atrás con el tema de dar las sesiones en casa. Según abro la puerta, la perra se pone súper nerviosa y además es que tiene un ladrido muy desagradable. El niño se pone nervioso, como si se contagiara, y se pone a llorar. Así que ahí la tenemos liada, la perra ladrando, el niño llorando, y todo ello subiendo de nivel por momentos como si se retroalimentaran el uno del otro. Al final termino con el nene abrazado como un monito y con la mano que me quede libre cogiendo a la perra del pescuezo para que se calle. Voy a ver si busco un etólogo…