El viernes el nene batió records y durmió más de cuatro horas y media de siesta. Vamos, que cuando se levantó eran casi las 18.45h. Teniendo en cuenta que sin estas mega siestas se está acostando, como pronto, a las 24h, decidimos aprovechar la circunstancia y coger el coche, ir a casa de mis padres, cenar con ellos y dar una vuelta cuando cayera el sol.

Mi hijo no había visto nunca la noche. No se había dado la circunstancia de que nos pillara la caída del sol en la calle, más que nada porque sus horarios siempre han sido muy rígidos y nunca ha perdonado su ritual de baño y cena por mucha luz que hubiera en la calle. En las cenas navideñas tampoco le dio tiempo a enterarse porque aparcamos casi en la misma puerta de la casa de mis padres y a la vuelta se durmió nada más tocar la silla del coche y ya hasta el día siguiente.

La excursión fue todo un acierto. Fue bajar a la calle y el niño alucinaba. Las luces de los coches, las farolas, las luces de los edificios, los focos que hay a ras de suelo en los monumentos… pero, sobre todo, le fascinaba mirarnos nuestras caras y verlas distintas por las distintas iluminaciones de las calles, ¡estaba anonadado!.

No paró de correr y de reclamar los brazos de mi padre, que aguantó como un jabato pasearle dos horas por toda la zona centro cargándole y dejándole, cargándole y dejándole. ¡Eso es amor de abuelo!.

Por fin parloteó mucho con ellos. Otras veces parece que se corta y le come la lengua el gato, pero esa noche estaba locuaz y dijo muchísimas palabras. Además señalaba y ponía cara de estar tomando nota de todos los nombres nuevos que mi padre le iba enseñando.

Se fijó hasta en las cosas más nimias o lejanas, como las cigüeñas de lo alto de los campanarios, y demostró que se acordaba perfectamente de la casa de los abuelos a pesar de no haber estado en ella desde Navidad.

De nosotros no quiso saber nada, sólo tenía ojos para su abuelo. Eso sí, cada minuto miraba para atrás para ver si seguíamos por ahí, no la fuéramos a liar…

Una noche estupenda. Es un gusto ir viendo cómo todo se va flexibilizando, cómo va cambiando, cómo es posible ir haciendo más cosas y disfrutarlas muchísimo más que antes. ¡Todo llega!.