Ya está, ya pasó la primera jornada de adaptación en la guardería.
Un pelín antes de las 10 ya estaba yo allí para dejar al niño, que se entró sin problemas en los brazos de la educadora y ni se giró para despedirme (algo que esperaba, para qué engañarnos). Llegué a mi casa que me temblaban los brazos y directa al baño pero realmente las dos horitas se me pasaron volando entre pasar la aspiradora y limpiar el baño (que sólo con una mano – sigo lisiada – es más complicado). 
A las 12 estaba yo en la puerta como un clavo ¡¡para que me devolvieran a mi bebé!!. Le encontré un poco desubicado. Tenía sueño, estaba sudando (en la guarde no hay aire acondicionado, ¡pobre mío!) y, cosa rara, se me tiró a los brazos. Por lo que me ha contado la profe, se ha comportado como siempre en casa, algo que a ella parecía haberle llamado la atención: reclamando la atención todo el rato, llorando o emitiendo su ya famoso ñiiiiiiiiiii para que le hicieran caso, persiguiéndola a rastras, cogiéndola de los tobillos. Debe ser que yo estoy ya acostumbrada, es su comportamiento habitual, pero creo que a ella le ha sorprendido un poco que fuera tan demandante, me ha dicho que era muy impaciente y que le gusta llamar la atención.  También me ha dicho que veía que tenía mucho sueño pero que no había conseguido dormirle, que parecía complicado de dormir y que se cabrea cuando está cansado pero sigue recibiendo estimulación. Nada que yo no sepa.
En cuanto le he puesto en el carro ha entrado en modo desmayo así que al llegar a casa le he quitado la ropa y le he tumbado en su cunita, ahí sigue. Sí, ya se que según la educadora yo debería estar ya enseñándole que primero se come (a las 12h) y luego se duerme, pero no lo voy a hacer. Mi hijo cuando tiene sueño no come absolutamente nada, se pone de mal humor y es tontería insistir. Prefiero mil veces que duerma lo que tenga que dormir, se levante contento y coma lo que le apetezca.
Y yo ahora mismo no sé ni cómo estoy, pero creo que bien… cansadísima de los nervios que he pasado, pero bien.