¿Por qué no tocar las manos del bebé? ¿Te lo has planteado alguna vez?

Probablemente me he vuelto madre sobreprotectora, no digo que no.

Anoche os citaba una frase de origen desconocido y hoy os cito otra, de la que desconozco igualmente autor y procedencia: “tener un hijo es conocer el miedo”.

Sonará exagerado, pero siento auténtico pánico de que le pase algo. De hecho, las primeras semanas en mi cerebro sonaba la frase: “por favor, espero que nunca le pase nada, es tan indefenso!”.

Miedos a parte, la salud depende, en gran medida, de las medidas preventivas que tomemos. No es ninguna tonteria afirmar que la buena alimentación, el correcto descanso, las medidas de higiene, etc etc contribuyen a que tengamos una mejor salud.

Entonces, ¿por qué actuar con el bebé como si fuera un Nenuco?

Hay muchas personas que cuando ven un niño sienten el irrefrenable deseo de achucharle, pasando incluso por encima de sus padres.

Nunca he entendido esa actitud.

Los bebés me parecen adorables, pero también frágiles.

No son un peluche, un tamagochi o una mascota.

Son pequeñas personitas con un sistema inmune mucho más frágil que el nuestro y que apenas está empezando a funcionar.

Normalmente la gente detecta cuándo los padres quieren que se deje a su hijo en paz.

Pero enseguida descubren otro método de achuchar al bebé: sobarle las manos.

A mi en ese momento me hierve la sangre de tal manera que hasta noto las orejas rojas.

Si yo en ese momento pudiera decirle al interfecto en cuestión “aparta tus sucias manos de mi bebé” pero esto podría suponer, en la mayoría de los casos, una grave afrenta.

Por lo tanto, tengo dos opciones:

Si se trata de alguien de confianza, educadamente le invito a que se lave las manos. En plan: “¿te has lavado antes las manos?”, “no deberías tocarle mucho las manitas, que luego se las lleva a la boca” y cosas similares.

Si no se trata de alguien de confianza (porque si, incluso la gente más lejana a ti siente tentación de ponerle la mano encima a un bebé) trato de evitar la ocasión. Disimulando todo lo que puedo, aparto al bebé de esa persona, le cojo yo misma las manitas (que sé cómo cogérselas sin tocarle mucho y además yo me lavo las manos trescientas veces diarias) o me invento cualquier excusa para salir pitando.

Yo sé que más de uno pensará “pero si mis manos están limpias, me las he lavado antes de salir de casa”. Pues mira, majet@, pongamos que te has lavado las manos justo antes de salir de casa. Antes de llegar a mi bebé habrás tocado el pomo de la puerta de tu casa, la puerta del ascensor, los botones del ascensor, los pomos de tu portal, la barra de un autobús o del metro, o si vas en coche, la puerta de tu coche y el volante y la caja de cambios, y luego, de nuevo, el pomo de un portal, los botones de un ascensor y su puerta y el timbre de una casa. Ahora, dime, ¿te parece que tienes las manos limpias?!!.

Cualquier pediatra os dirá que la principal vía de contagio de un resfriado o una gastrointeritis en un bebé no es la vía aérea, sino las manos. El bebé se lleva las manos a la boca desde muy pequeño y, a partir de los dos o tres meses, lo hace de forma constante. Nuestras manos llevan miles de bacterias, virus y demás guarreria a los que nuestro organismo está ya más que acostumbrado, pero no el cuerpo de un lactante.

No hay que olvidar que lo que para un adulto es un simple catarro, para un bebé puede ser una bronquilitis, que puede ser una cosa bastante seria.

Y no hablemos del rotavirus, causante de muchísimas gastrointeritis graves en menores de un año (de hecho, yo estoy vacunando a mi hijo contra este virus).

Por eso, por favor, no cuesta nada, tener un poco de sentido común (la gente suele tener poco de esto) y lavarse siempre las manos hasta las muñecas antes de tocar un bebé!.

(Otro día hablo de por qué tampoco cualquier persona debe coger a un bebé en brazos – asunto mocos ajenos – ).