Mi amiga Naia me ha pedido que cuente mi experiencia con la lactancia materna y la artificial, porque cree que puede servir de ayuda para madres que están sufriendo innecesariamente. Estaba convencida de que ya había hablado del tema, pero releyendo entradas anteriores veo que he tratado el tema sólo de manera superficial.
Cuando mi bebé nació, ya sabeis que por cesárea, se lo llevaron dos horas al nido, a una cuna térmica, porque la pediatra decía que estaba un poco frío, algo que según ella es habitual en bebés nacidos por cesárea. En cuanto me lo trajeron a la habitación me lo puse al pecho, pero no hubo forma.
No abría la boca. Daba igual que le echáramos agua fría en la carita para que se despertara, que le diéramos toquecitos en las mejillas, que le hiciéramos cosquillas en los pies…No quería comer, sólo quería dormir. Ahora entiendo que, simplemente, no tenía hambre. De hecho, ya en las primeras horas demostró su carácter y cuánto más insistíamos en que se cogiera a la teta, más se cabreaba.
Incluso llamamos a varias enfermeras para que me ayudaran, a ver si lo estaba haciendo mal. Pero ninguna consiguió que se enganchara al pecho y mamara sin protestar (y sin hacerme un destrozo).
Aguantamos así todo el viernes (nació por la mañana) y todo el sábado. En dos días perdió ese 10% de peso que suelen decir que es normal. Cuando vino la pediatra nos comentó que dejaba a mi disposición la opción de complementarle con biberones, porque aunque no tuviera hambre, algo tenía que comer.
Yo no quería recurrir a la lactancia artificial tan pronto, me parecía que era tirar la toalla a la primera de cambio, pero mi hijo estaba perdiendo peso rápido y todo el mundo me decía que estaba delgadito…Así que decidí que sí, que sí que quería que me trajeran biberones.
Cada tres horas le cogía, le mojaba la carita, le ponía al pecho más de una hora entre protestas y después le intentaba dar el biberón de 30 ml que me traían las enfermeras. Para que se tomara la mitad estábamos casi otra hora. Nunca se llegó a tomar los 30 ml.
A veces aprovechaba el cambio de pañal, que era el único momento en que estaba despierto, para ponerle al pecho, y creo que así conseguí que mamara algo, porque eso de las tres horas a él no le iba nada bien.
Y así salimos de la clínica, con muchas dificultades para comer, tanto del pecho como del biberón. Nos dijeron que pesaba 2,490 kilos, lo cual significaba que había perdido más de ese 10% que suelen considerar normal (nació con 3 kilos). Yo estaba preocupada, imposible no estarlo.
Con el paso de las semanas, en el pecho seguía enganchado horas y me dí cuenta de que sólo lo usaba de chupete. No exagero cuando digo que me pasaba más de 45 minutos en cada teta y cuando le quitaba seguía llorando desesperado. ¿Había sacado algo?. Por no hablar del daño que me hacía. Como no se cogía bien, me destrozaba. Tenía los pezones en carne viva, toda la carne descolorida y de color rojo intenso. Se me caían hasta las lágrimas del daño que me hacía.
No podíamos hacer nada, porque siempre estábamos con la teta fuera o con el biberón. Me daba el tiempo justo de cambiarle los pañales, sacarle los gases y vuelta a la teta. Era desesperante.
Poco a poco fue tomando más cantidad de biberón, pero siempre poca cantidad. Justo cuando cumplió dos meses me tocó ir a revisión con mi ginecólogo, que me confirmó que apenas tenía leche en un pecho, en el otro prácticamente nada, y que el ponerle al pecho estaba siendo más simbólico que otra cosa.
Salí de allí muy pensativa y días más tarde decidí terminar con la situación, porque no era buena para ninguno de los dos. A mi me dolía todo el día, no conseguía incrementar la producción de leche ni aunque le tuviera todo el día colgado y después me pusiera el sacaleches, y después de estar tantísimo rato, luego tenía que darle un biberón. Tampoco quería que se acostumbrara a usarme como chupete humano.
Para mi fue una buena decisión. Los primeros días me sentí culpable por haber sido yo la que le puso punto y final a la lactancia materna, pero luego comprendí que era lo mejor para ambos, pues al fin y al cabo él solamente estaba tomando unas gotillas de mi leche y todo lo demás que tomaba era biberón.
Y yo no sé si es coincidencia o no, pero desde ese momento empezó a mejorar bastante con el tema de la alimentación y fue comiendo más y más rápido. Ahora con cuatro meses se toma unos cuatro o cinco biberones diarios de 210 ó 240 ml en unos 15 minutos. Y muchas noches duerme unas seis horas seguidas.
No se me puede acusar de no haber intentado la lactancia materna, yo estaba totalmente convencida de que era lo mejor y ni siquiera había comprado biberones ni esterilizador ni nada. Pero ahora que estamos con la lactancia artificial no voy a perder el tiempo sintiéndome mal, todo lo contrario, quiero pensar únicamente en las cosas buenas que tiene, que son muchas: más independencia y libertad para la madre, más espacio de tiempo entre biberones, un bebé saciado y con menos gases y por tanto menos lloroso, más facilidad para acudir a cualquier sitio…
Este tema es delicado, pero pienso que hay que buscar un equilibrio entre lo que es bueno para el bebé y bueno para la madre. No creo que haya que insistir en la lactancia materna a toda costa, dejando al bebé siempre enfadado y con hambre y a la madre desesperada porque la cosa funcione y todo el día con la teta fuera.
Puff, me ha salido una entrada larguísima, ¡espero que no se os haya hecho pesada de leer!.