Con ocasión de la Semana Mundial de la Lactancia Materna, que se celebra ahora, quería hacer mi peculiar homenaje contando algo que nunca he confesado en público y que sólo he explicado a unas poquitas personas en privado: ¿por qué no acudí a un grupo de lactancia para que me ayudaran?.

Para no volver a contar lo mismo y para quien quiera leer la historia con algo más de detalle, en esta entrada resumí por qué fracasó nuestra lactancia. Resumiendo bastante, mi hijo nació con 3 kilos y con ninguna gana de comer, además de con dificultades para mamar. En dos días perdió más del 10% del peso que se suele considerar normal y cuando al alta fuimos por primera vez a la pediatra a que la empezamos a ir, el nene pesó en su báscula, no se me olvidará en la vida, 2.490 kg. De la clínica salimos con el biberón incorporado aunque no como remedio real sino más bien como remedio psicólogico; otros niños con problemas de lactancia se tiran como locos a por el biberón, el mío no, la lucha para que tomara apenas unos sorbitos era comparable a la que tenía con la teta. Por la razón que fuera apenas sabía mamar y no parecía tener hambre suficiente (o fuerzas, qué se yo) para intentarlo.

No puedo decir que yo no estuviera preparada. Me llevaba la teoría empollada y bien empollada y conocía la existencia de los grupos de lactancia. No había buscado ninguno por mi zona pero supongo que no me hubiera costado demasiado encontrar uno. La única razón por la que no fui es porque les tenía miedo. Así de triste, así de claro. Tenía miedo a que nada más poner un pie allí me dijeran algo así como “sacrilegioooooo, le da biberonesssss” y que cuestionaran lo rápido que había tirado la toalla. En aquel momento no me sentía fuerte como para aguantar esa hipótesis y tenía claro que mi hijo en ese momento necesitaba ingerir algo, que no podía seguir perdiendo peso a esa velocidad.

La euforia, el exceso de optimismo que yo llevaba encima en sus días, me hizo ser incapaz de ver que sin ayuda no iba a ser capaz de descubrir qué impedía que el niño mamara correctamente y por qué yo tenía los pezones como los tenía. En lugar de salir a la calle a buscar ayuda, volví a leerme todo lo que ya había leído, buceé por Internet todo lo que pude, me compré un sacaleches que usaba noche y día… y me quedé como estaba. Ni siquiera a día de hoy tengo una explicación.

A día de hoy las cosas son muy distintas. Yo soy muy distinta.

En primer lugar, me siento muchísimo más fuerte y segura que aquella recién parida que daba gracias a Dios por haber conseguido tener a un bebé sano en sus brazos después de todo lo pasado. Si hoy día me hubiera visto en las mismas y alguien me hubiera dicho que lo primero que hay que hacer es dejar los biberones le hubiera contestado que a mi modo de ver lo primero sería hacer que las tomas fueran eficaces y, después, ir retirando la ayuda. Incluso le hubiera preguntado por el uso de la sonda para lactancia, una pequeña bolsita con leche que se pega al pezón de la madre para que el bebé tome de ambas al mismo tiempo y así no interferir en la lactancia. Es decir, que hoy día sería capaz de establecer un diálogo enriquecedor en el que podría estar aprender muchas cosas, integrarlas y, en el hipotético caso de no estar de acuerdo con algo, desecharlo.

En segundo lugar, he tenido la suerte de conocer mucho mejor y más de cerca cómo funcionan estos grupos y qué labor desempeñan las asesoras de lactancia y, aunque haya de todo en la viña del Señor, ya no les tengo miedo (y me parece hasta ridículo habérselo tenido). Sé que hay quien tiene ideas que no casan totalmente con las mías e, incluso, quien tiene una percepción de la lactancia artificial que no es real (desde luego, no es la mía ni la de muchas otras mamás). En más de una ocasión he comentado que no estoy de acuerdo con determinados mensajes que se lanzan de forma repetida pero ahora, en lugar de asustarme, creo que puedo enriquecer su labor con mi punto de vista.

En tercer lugar, ahora tengo claro que sin ayuda las posibilidades de éxito no son muy altas. La teoría sólo sirve si no surgen problemas, a la menor complicación estás perdida.

¿Cuál es la moraleja de la historia y la razón por la que cuento ésto?. Dos conclusiones:

– Madres recién paridas y madres a punto de serlo, no dudéis en pedir ayuda y no os demoréis pidiéndola. Dejaros de libros, revistas y consejos poco profesionales, acudid a quienes de verdad os pueden ayudar y tienen ganas de hacerlo. Con suerte, no sólo tendréis lactancias exitosas sino que descubriréis un lugar y un grupo de gente con el que compartir sentimientos muy íntimos y emocionantes.

– Mujeres (y algún hombre por ahí suelto) que os dedicáis a la lactancia materna, mi caso no es único, se que no son pocas las madres que no se atreven, que piensan que van a ser (mal) juzgadas, que nadie va a entender sus miedos e inquietudes. Eso es por algo, quizá haya que revisar algunos mensajes, cada mujer que no se atreve a pedir ayuda es una oportunidad perdida de algo que realmente merece la pena.

La lactancia materna se va al garete en cuestión de días. No seáis tontas y hagáis como yo. ¡Anda que si yo pudiera volver atrás iba a estar escribiendo esto!.