No es infrecuente escuchar a padres fardar de las últimas habilidades adquiridas por sus hijos, en el contexto de que esto les hace independientes y mayores. Para algunos pareciera que es una competición para ver qué niño es el primero en – qué se yo – dejar de usar pañales o chupete, comer solito, dormir en su habitación y su cama, jugar solo, contar hasta 20…

Me cuesta mucho participar en estas conversaciones porque creo que mi opinión es la opuesta y escuchándoles hablar, me siento de otro planeta. Procuro evitar esas situaciones porque si tengo que aportar mi granito de arena, lo primero que me viene a la cabeza es la famosa (y poco amable) frase de Clark Gable: “frankly, my dear, I don’t give a damn“. Que traducido al cristiano y al hilo de la conversación viene a significar que no entiendo dónde está la importancia de que un niño haga tal o cual cosa, que la haga antes o después, y que no encuentro por ningún lado el valor de esa supuesta independiencia, salvo para comodidad de los padres. En definitiva, que no comparto ese entusiasmo en que crezcan y que se hagan mayores y autónomos, en que alcancen metas cada vez más pronto, y que creo que los niños tienen que ser niños, cada cual disfrutando de su etapa personal y única de desarrollo.

Es cierto, no se lo discutiré a nadie, que mi hijo no se ha caracterizado hasta el momento por tener prisa por crecer. De hecho, ahora que puede expresarse más y mejor, algún día me ha dicho que es un bebé y el mami/papi/abuela-o ven es una de las frases más escuchadas diariamente. Le gusta que le mimen, que le abracen, le masajeen, le den besitos. Te pide que le des la mano hasta mientras estamos jugando. No tiene ningún interés en dejar el pañal, ni en dormir solo, ni en jugar solo… Para algunos, un desastre, una mam/pap-itis extrema.

Pero lo cierto es que, como cualquier niño, ha ido marcando sus propios hitos. Cuando se ha sentido preparado y ha querido, sin prisas ni presiones, ha cogido los cubiertos para comer solito,  ha empezado a quitarse el abrigo o las zapatillas, a coger un escalón para subirse a la cama, a subirse solo al coche y sentarse en su silla, a empeñarse en abrir las puertas usando las llaves…

Claro que todos los padres nos llenamos de orgullo y emoción cuando vemos a nuestros hijos hacer estas cosas. Nos sentimos felices, se nos cae la baba, porque ellos se sienten satisfechos de sus logros y a veces hasta sentimos melancolía de cómo se escapan nuestros bebés. La diferencia está, a mi modo de ver, en que yo no siento un orgullo especial en que mi hijo crezca y se haga mayor sino que lo veo como algo natural, normal, como un proceso más de los muchos (enormemente apasionantes) que vamos viviendo, a su ritmo.

No tengo prisa ninguna porque crezca ni quiero que haga nada si no es su momento. Si él no lo necesita, yo tampoco. Por supuesto que para mi sería más cómodo, más aún pensando en que pronto habrá otro bebé, si mi hijo no usara pañal o si durmiera solo o si jugara sin reclamarme y en silencio pero no tengo prisa porque suceda porque se que sucederá, seguro: el día que él quiera.

Veo las publicidades de los colegios privados que aparecen en el periódico, escucho conversaciones en el parque sobre el tema colegio… y no tengo nada que aportar. Lo único que espero y deseo para mi hijo, que no tendrá ni tres años en septiembre, es que juegue todo lo que pueda y que sea feliz, que jugando aprenda a vivir en el mundo y a estar con otras personas, a ser un hombrecito de bien, que le traten con cariño y respeten su individualidad. No me interesan las notas, ni las fichas, ni si aprende determinadas cosas hoy, mañana o pasado. Quiero que viva su infancia intensamente.

A veces me pregunto si no será que como vivimos en un mundo adultocéntrico y veloz, queremos convertir a los niños en mayores cuanto antes para que dejen de ser una carga y pasen a integrarse en todas nuestras rutinas como uno más. Y me pregunto si esto no termina produciendo que la adolescencia parezca llegar cada vez antes y con comportamientos que nos parecen prematuros para su nivel de madurez. Quizá deberíamos echar el freno…