En mi piso ocurre que las paredes, suelos y techos son de papel de fumar y se oye todo. Estornudos, toses, pises, el móvil vibrar, la cisterna, el secador de pelo… todo.
Debajo de nosotros vive una familia de Europa del Este. Son parcos en palabras aunque ahora se han ido soltando, entiendo que porque han mejorado bastante en el uso del idioma. Me encontré a la madre y a la hija hace unas semanas:
– Ah, qué grande está el niño.
– Sí, es que son ya siete meses.
– Ya, ya.
– …?
– Sí, nació octubre.
– Pues sí (risa nerviosa), ¿cómo lo sabeis?.
– Llora mucho.
– No, ahora no llora mucho, creo yo. Las noches son buenísimas.
– Ehh, lloraba, lloraba, noche lloraba mucho.
– (Muerta de la vergüenza). ¡¿Ay, se le oía mucho?! Sí, tenía muchos gases…
– Ya, tripita, sí, mi hija igual.
Y se meten en el ascensor. Yo colorada hasta la raíz del pelo. Jo-der. En primer lugar, les acompaño en el sentimiento si todas las noches que el niño estuvo llorando hasta las 4 y las 6 de la mañana por los cólicos lo estuvieron escuchando. Pero, ¡lo peor de todo son los gritos de ahora!. Que vale, que ahora a las 20.30h o las 21h cae frito hasta las 7, pero como tenga el día malo está pegando gritos desde las 7 de la mañana hasta la noche. 
¿Y qué haces?. Yo no tengo la solución. Mi hijo tiene días de mucho protestar, gritar muy alto y muy agudo, no parar ni un momento y montar una buena perra dos veces al día. Es un bebé, no puedo hacer nada para evitarlo. De hecho, si le regaño es casi peor porque se pone a llorar con mucho sentimiento, como si yo no comprendiera lo que le pasa.
El caso es que desde esa conversación en el portal tanto la madre como la hija se paran conmigo siempre que nos encontramos y le hacen carantoñas al niño. Quizá no les molesten los gritos o sean muy comprensivas. Pero yo me pongo en su lugar y estaría hasta el moño del dichoso niño.