Hoy no hemos salido. Nos ha echado para atrás la lluvia, el aire huracanado y el que todas las opciones para refugiarse no estaban disponibles por ser festivo… ¡qué poco me gustan este tipo de días!.
La mañana la hemos pasado más o menos bien, limpiando un poco y yo preparando una sopa de pescado con arroz para el niño que se ha negado a comer. Se ha dormido la siesta apenas con un yogur en el estómago y, probablemente por el hambre, ha dormido menos de lo que necesitaba. Mala leche garantizada.
Hace un rato he decidido sacar la pintura de dedos que compré para tomarle la huella del pie y de la mano cuando nació. Le he puesto el baby de la guarde (que para algo lo tengo), le he sentado en la trona y le he puesto en la bandeja unos folios y varios botes de pintura. Pintar, lo que se dice pintar, sólo he pintado yo. Él se ha dedicado primero a intentar comerse los botes (de hecho, un pegote de pintura roja ha ido pa’dentro a pesar de llevar amargante) y después a meter la mano hasta la muñeca y lanzar la pintura lo más lejos posible. Lo último ha sido refregársela por la cara y el pelo, momento en el cual he decidido poner fin a la actividad. Miento, he decidido poner fin a la actividad cuando mi marido se ha sentado encima de la tapa de uno de los botes… ¡Sin comentarios!.
Dejaré esta opción para más adelante, de momento le veo pequeño para entenderla.