Una de las cosas que más me sorprendió de mi hijo, nada más nacer, era cómo le sudaban los pies. Recuerdo esos diminutos piececitos, con esas uñas microscópicas, con auténticas gotitas de sudor en las plantas. No sé por qué yo tenía la idea de que los bebés no sudaban y que si lo hacían el último sitio por dónde se refrigerarían sería por los pies, cosas de la falta de experiencia. La pediatra, que pudo comprobarlo in situ, me dijo que probablemente se debía a que los recién nacidos no regulan bien la temperatura y que con el paso del tiempo sudaría menos o de forma más repartida por todo el cuerpo.

Efectivamente, con el paso de los meses la forma de sudar de mi hijo ha cambiado, ahora se empapa entero, ha salido caluroso y sudoroso igual que yo, qué le vamos a hacer. Pero los pies, aunque ya no a gotas, siguen sudándole un montón. Y, evidentemente, unos pies que sudan, por mucho que sean unos pies de bebé, son unos pies que terminan oliendo mal, no a choto adolescente pero mal en proporción a su tamaño, desde luego que sí.

El calzado influye mucho. En invierno no ha habido problema de olores aunque siempre que le sacáramos el pie del zapato estuviera sudandito. Pero ste verano ha estado usando unas sandalias de Pablosky que ni aún con la supuesta porosidad de la suela han conseguido evitar cierto tufillo al quitárselas. No hablemos ya de las chanclas tirando a plasticosas que elegimos para andar por casa. Vamos, que llevamos un verano con unos olorcillos…

Si esto es así con casi dos años, ¡cómo será cuando tenga diez más!. ¡Nos veo con mascarilla antigas en casa!.