Si no fuera porque estamos en enero, diría que ya es primavera. Y no solamente por el solazo y las buenas temperaturas que estamos teniendo, sino porque el niño anda alterado completamente.

Desde hace más o menos una semana, su día a día consiste en saltar, trepar, subirse a cualquier cosa que pille, botar en la cama y, sobre todo, correr. Correr por casa y correr a toda pastilla por la calle. Es bajar y ponerse a echar carreras consigo mismo o simplemente trotar por el gusto de trotar. No digamos ya como pille un niño al que le vaya la marcha. El domingo coincidimos con una vecinita que es más o menos de su edad y no paraban, ¡qué velocidad!.

Así que nada, yo detrás, corriendo por este barrio de cuestas, intentando que al menos se detenga al acabarse la acera. ¡Que aquí hay mucho parque pero llega un momento que el verde se acaba!.

A todo esto, la energía… ¿de dónde la sacan?. Porque lo que es comer… Ayer hice lentejas, lentejas con salmón, una receta que saqué del libro de Adría que le hemos regalado a mis padres por Navidad. Estaban buenísimas. Bueno, ni las probó. Hoy tocaba macarrones: ha comido tres, para ser exactos. Y un trozo de pan.

Y luego mamá, mamaaaaá, mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaá… ¡todo el día llamándome! ¡a voces! ¡aunque estemos a dos centímetros!.

Así estamos… primaverales perdidos.