En muchos de los libros que estoy leyendo últimamente sobre la psicología de los bebés se dice que los niños que crecen en un entorno donde deben apañárselas solos se convierten en adultos que no saben pedir ayuda. Me siento completamente reflejada en esas afirmaciones y estoy dándole bastante vueltas al tema de cómo influye la manera en que nos crían con nuestro carácter una vez que somos adultos.

Mis padres siempre estuvieron muy ocupados (¡y siguen estándolo!) y desde bien pequeña me enseñaron a ser autosuficiente, lo cual comprendía no sólo ocuparme de mis necesidades básicas sino también entretenerme yo solita. Aunque me recuerdo a mi misma habitualmente sola y en silencio, no tengo el recuerdo de que aquello fuera triste. De hecho, en gran medida me siento orgullosa de habérmelas apañado muy bien sin ayuda de nadie y haber sido independiente cuando muchos aún dependían de sus madres hasta para que les hicieran la cama.

Aunque no hubiera leído estas teorías, para mi es indudable que soy una adulta con dificultades para pedir ayuda. Esto se refleja de muchas formas, alguna de las más claras es esperar que mi marido sepa qué hacer en la casa y cómo ayudarme con el bebito sin que yo le haya pedido nada previamente.
Otra de las formas, quizá una de las que pasa más desapercibida (al menos a ojos de los demás) es no pedir ayuda (casi) nunca para que alguien se quede con el bebito.
Mamá de mamá (contra) corriente – ¿Qué quieres para tu cumpleaños? Piensa en algo original.
Mamá (contra) corriente – No quiero nada… Un fin de semana en un balneario. 

Mamá de mamá (contra) corriente –
Mamá (contra) corriente – (sonrisa) ??
Mamá de mamá (contra) corriente – El bebito.

Mamá (contra) corriente – Ya. Es un decir. No iba en serio.

Mamá de mamá (contra) corriente – Es que yo se que no se lo vas a dejar a nadie. ¿Ni siquiera a nosotros?.
Mamá (contra) corriente – (sonrisa) No, ni siquiera a vosotros. No puedo. No es nada personal.

Mamá de mamá (contra) corriente – Lo sé, por eso te lo digo.

Mamá (contra) corriente – Quizá algún día, dentro de unos años. Ahora no puedo.

Llevo casi nueve meses sin despegarme de mi hijo. Le habré dejado en otras manos unas cinco veces en todo este tiempo y la mitad de ellas para ir al médico en alguna circunstancia en que no podía llevármelo. 
Pero que no pida ayuda no significa que no la necesite. Es sólo que ni sé pedirla ni me siento cómoda pidiéndola. 
El primer obstáculo, insalvable, es que mis padres trabajan, están muy ocupados y viven relativamente lejos. No puedo contar con ellos. El segundo obstáculo es la imposibilidad que tengo para reconocer abiertamente que en algún momento no me vendría mal que alguien se hiciera cargo de él aunque sólo fuera para poder cocinar y limpiar la casa sin el agobio de oirle protestar/llorar.

Descartados mis padres, que siempre son mi primera opción, no por nada sino porque madre sólo hay una,   podría pedírselo a mi suegra, supongo, que además está cerca. Pero no lo hago. ¿Motivos?. Supongo que el primero es el clásico “donde hay confianza da asco” pero al revés. Es decir, a mi madre le podría pedir  tranquilamente que se quedara con el bebito una vez por semana un par de horitas para que yo pudiera ir a hacerme la depilación láser (por poner un ejemplo). Esto a mi suegra nunca se lo pediría porque me daría vergüenza, creo que sería tener un poco de cara. Está claro que ni yo soy su hija ni ella es mi madre y ese tipo de favores quizá excedan de la relación nuera-suegra. O quizá esté diciendo una gilipollez como un piano, pero no me sentiría cómoda pidiéndole a nadie que no fuera mi madre que se quedara con mi hijo para irme a depilar, a hacerme una limpieza de cara o a cortarme el pelo.

Por otro lado, sería incapaz de irme al cine, a comer o a cualquier otra actividad lúdica sin él. Se quedara con quien se quedase, sería incapaz. No me sale, parece que se me desgarra algo dentro. En unos años, no lo sé, pero hoy por hoy no puedo, es superior a mi. 

Así que casi sin darme cuenta y desde que nació, he terminado imponiéndome a mi misma una férrea disciplina que consiste en no dejarle el niño a nadie salvo que sea absolutamente imposible ir con él. Y aún con esas, me lo pienso mucho. Por eso últimamente he ido a muchos médicos y otros muchos sitios con él, cuando quizá podría haberle pedido a mi suegra que se lo quedara. No me siento cómoda, pienso que es mi responsabilidad, mi obligación, y no quiero pedir favores.
Todo esto es una fuente de estrés. No es de extrañar que tenga ahora mismo el brote de acné que tengo porque entre unas cosas y otras, tengo la cabeza que echa humo. 
Pienso que hace unas cuantas décadas, cuando las mujeres no trabajan y tenían más hijos, también había otro tipo de estructura familiar. Una red de apoyo. Una estructura en la que una mujer podía ir a la compra mientras otra se hacía cargo de los niños propios y ajenos por un rato, donde una mujer podía dar a luz con la tranquilidad de irse a la clínica sabiendo que el resto de su familia acogía a sus otros hijos en su casa como si de sus hijos se tratara. Esto hoy día, con las prisas, los horarios infernales, etc, se ha perdido completamente. No hay una red. Hay un “apáñatelas como puedas”. Y sin una red de seguridad es difícil manejarse. Pienso en qué haremos cuando yo tenga que volver al trabajo y mi hijo se ponga malo. O con tantos días de vacaciones, imposibles de compatibilizar con ningún trabajo.
Se nota que llevo unos días pensativa y algo decaída, ¿verdad?. A ver si voy cerrando asuntos, que tengo la cabeza que me va a estallar.